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sábado, 23 de noviembre de 2013

Fiesta de Cristo Rey: el Pantocrator

Cuando los Magos de Oriente adoraron al Divino Niño, lo reconocieron como Dios a quien ofrecían incienso, como hombre al que habría que ungir con mirra, y como rey al que destinaban el símbolo por excelencia de la realeza, el oro.

Sin embargo, muchos coetáneos que estarían dispuestos a ofrecerle los dos primeros dones, le niegan el último porque se han olvidado de que es Rey.

Pero Jesucristo, de quien fue figura David, lo es; un rey de cuyo reinado tenemos necesidad, como dijo San Pablo: "Es necesario que Cristo reine" (1 Cor 15,25). Un rey que debe ejercer su soberanía tanto en el ámbito privado como en el público.

Él, como Verdad Encarnada, quiere reinar sobre nuestra inteligencia ordenándola hacia Sí. Quiere reinar sobre nuestra voluntad para que marche al unísono con la suya. Quiere reinar sobre nuestros afectos hasta unirlos consigo en una relación esponsalicia.
Quiere ser, en definitiva, rey de nuestros corazones hasta que, no habiendo ya en nuestra alma región pagana alguna, podamos decir: "No vivo yo, es Cristo quien vive en mí" (Gal 2, 20)

Y como sería absurdo esconder esta reyecía dentro de nosotros, debemos proyectarla para que ordene la sociedad civil.
Él debe reinar en la familia, en la cultura y también en la política, porque difícilmente pueda existir Su Realeza Social sin un gobierno que lo reconozca como tal.

Hubo un tiempo, la Cristiandad, en que los hombres llevaron al Señor los tres dones. Pero junto al grito de San Pablo "Es necesario que Cristo reine", hay en el Evangelio este otro: "No queremos que éste reine sobre nosotros" (Lc. 19, 14); y sobre ellos se han vertebrado dos ciudades que dan sentido teológico a la historia.

Así la revolución anticristiana que comenzó a finales de la Edad Media, primero negando la Iglesia, luego a Cristo como Dios, luego a Dios mismo, para llegar al estado actual de postcristiandad en que se pretende derribar el postrer obstáculo que nos separa del Anticristo, a saber: erradicar a Cristo del último lugar en que se haya arrinconado: el corazón de los buenos.
 
Este es el Neoprogresismo.

Pero aunque esta campaña parezca ser tan generalizada y dramática que alcanzamos a verla dentro mismo de la Iglesia, no desfallezcamos; al contrario, invitemos al Señor a poner su trono real en nuestra alma, prometámosle combatir por su realeza sin abdicaciones y recordemos:

Es preciso restaurar todo en Cristo

sábado, 20 de noviembre de 2010

CHRISTUS REX

Cristo Rey y Señor del Universo

Un peregrino solitario como yo, guarda, sin embargo, una unión moral, íntima y estrechísima, con todos aquellos que participan a diario de la Eucaristía, y en segunda instancia, con todo hombre.

El sacramento nos une al Cuerpo Místico de manera misteriosa y eficaz, otorgando a cada peregrino -a cada hombre- , ya sea en solitario o en muchedumbre, el privilegio de ofrecer al Señor lo único que realmente nos pertenece, (no por derecho, sino por gracia de Su Voluntad divina, toda vez que Él, sostiene en el plano del ser, la libertad humana).

Me refiero a lo que nos es más propio, lo más nuestro e insistencial; nuestra alma, aquello que entregamos con gran gozo como un regalo a su Sacratísimo Corazón.

Pues bien, para un peregrino, además del Rosario de Nuestra Señora, existe otro rosario cuyas cuentas están conformadas por las fiestas y conmemoraciones litúrgicas del año.

En el cómputo espiritual del corazón del peregrino, mientras marcha, cada una de ellas es un misterio digno de ser meditado y aprovechado.

En nuestras manos viajeras, hoy se desliza ya el último domingo del tiempo durante el año: la fiesta de Cristo Rey.

He considerado oportuno traer a la reflexión de los hermanos algunos párrafos de la encíclica Quas Primas, de S.S. Pío XI, por su altísimo valor para iluminar estos tiempos por los que transitamos, que tanto me recuerdan a la higuera que no daba fruto.

1925: de cómo ya asomaba la cabeza el dragón:

23. Y si ahora mandamos que Cristo Rey sea honrado por todos los católicos del mundo, con ello proveeremos también a las necesidades de los tiempos presentes, y pondremos un remedio eficacísimo a la peste que hoy inficiona a la humana sociedad.

Juzgamos peste de nuestros tiempos al llamado laicismo con sus errores y abominables intentos; y vosotros sabéis, venerables hermanos, que tal impiedad no maduró en un solo día, sino que se incubaba desde mucho antes en las entrañas de la sociedad. Se comenzó por negar el imperio de Cristo sobre todas las gentes; se negó a la Iglesia el derecho, fundado en el derecho del mismo Cristo, de enseñar al género humano, esto es, de dar leyes y de dirigir los pueblos para conducirlos a la eterna felicidad.

Después, poco a poco, la religión cristiana fue igualada con las demás religiones falsas y rebajada indecorosamente al nivel de éstas. Se la sometió luego al poder civil y a la arbitraria permisión de los gobernantes y magistrados. Y se avanzó más: hubo algunos de éstos que imaginaron sustituir la religión de Cristo con cierta religión natural, con ciertos sentimientos puramente humanos. No faltaron Estados que creyeron poder pasarse sin Dios, y pusieron su religión en la impiedad y en el desprecio de Dios.

24. Los amarguísimos frutos que este alejarse de Cristo por parte de los individuos y de las naciones ha producido con tanta frecuencia y durante tanto tiempo, los hemos lamentado ya en nuestra encíclica Ubi arcano, y los volvemos hoy a lamentar, al ver el germen de la discordia sembrado por todas partes; encendidos entre los pueblos los odios y rivalidades que tanto retardan, todavía, el restablecimiento de la paz; las codicias desenfrenadas, que con frecuencia se esconden bajo las apariencias del bien público y del amor patrio; y, brotando de todo esto, las discordias civiles, junto con un ciego y desatado egoísmo, sólo atento a sus particulares provechos y comodidades y midiéndolo todo por ellas; destruida de raíz la paz doméstica por el olvido y la relajación de los deberes familiares; rota la unión y la estabilidad de las familias; y, en fin, sacudida y empujada a la muerte la humana sociedad.

La realeza de Jesucristo

Los cristianos sabemos por las palabras del propio Salvador que el Reino de Dios ya está entre nosotros, pero de tal forma que para la mayoría de los hombres es invisible (tienen ojos para ver, pero no ven). Sin embargo, el texto de la Encíclica esclarece aún más acerca de esta realidad:

Se dice con verdad que Cristo reina en los corazones de los hombres porque, con su supereminente caridad y con su mansedumbre y benignidad, se hace amar por las almas de manera que jamás nadie entre todos los nacidosha sido ni será nunca tan amado como Cristo Jesús.

Pero también se hace necesario recordar que:

Es evidente que también en sentido propio y estricto le pertenece a Jesucristo como hombre el título y la potestad de Rey; pues sólo en cuanto hombre se dice de El que recibió del Padre la potestad, el honor y el reino; porque como Verbo de Dios, cuya sustancia es idéntica a la del Padre, no puede menos de tener común con él lo que es propio de la divinidad y, por tanto, poseer también como el Padre el mismo imperio supremo y absolutísimo sobre todas las criaturas.

El es, en efecto, la fuente del bien público y privado. Fuera de El no hay que buscar la salvación en ningún otro; pues no se ha dado a los hombres otro nombre debajo del cielo por el cual debamos salvarnos.

El es sólo quien da la prosperidad y la felicidad verdadera, así a los individuos como a las naciones: porque la felicidad de la nación no procede de distinta fuente que la felicidad de los ciudadanos, pues la nación no es otra cosa que el conjunto concorde de ciudadanos. No se nieguen, pues, los gobernantes de las naciones a dar por sí mismos y por el pueblo públicas muestras de veneración y de obediencia al imperio de Cristo si quieren conservar incólume su autoridad y hacer la felicidad y la fortuna de su patria. Lo que al comenzar nuestro pontificado escribíamos sobre el gran menoscabo que padecen la autoridad y el poder legítimos, no es menos oportuno y necesario en los presentes tiempos, a saber: «Desterrados Dios y Jesucristo lamentábamosde las leyes y de la gobernación de los pueblos, y derivada la autoridad, no de Dios, sino de los hombres, ha sucedido que... hasta los mismos fundamentos de autoridad han quedado arrancados, una vez suprimida la causa principal de que unos tengan el derecho de mandar y otros la obligación de obedecer. De lo cual no ha podido menos de seguirse una violenta conmoción de toda la humana sociedad privada de todo apoyo y fundamento sólido».

POR TODO LO EXPUESTO, ESTE PEREGRINO QUIERE REAFIRMAR UNA VEZ MÁS LA REALEZA SOCIAL DE CRISTO.

ÉL ES EL ÚNICO REY POR EL CUAL VALE LA PENA SERVIR Y DAR HASTA LA VIDA MISMA: ¡VIVA CRISTO REY!