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martes, 24 de noviembre de 2015

Reflexiones en torno a la Bula “Misericordiae Vultus” 2 PARTE

Estas reflexiones sobre la Bula papal disponiendo acerca del Jubileo Extraordinario de la Misericordia se comprenderán mejor si tiene a mano el texto de la misma. Ábrala en otra pestaña haciendo click



Para reafirmar el concepto de misericordia, en el Número Once se cita en dos ocasiones la Encíclica “Dives in misericordia” de Juan Pablo II.

Pero resulta una pena que el párrafo más sugerente de dicha Encíclica no haya sido escogido para su reproducción, y es el siguiente: “Cuanto más se centre en el hombre la misión desarrollada por la Iglesia; cuanto más sea, por decirlo así, antropocéntrica, tanto más debe corroborarse y realizarse teocéntricamente, esto es, orientarse al Padre en Cristo Jesús. Mientras las diversas corrientes del pasado y presente del pensamiento humano han sido y siguen siendo propensas a dividir e incluso contraponer el teocentrismo y el antropocentrismo, la Iglesia en cambio, siguiendo a Cristo, trata de unirlas en la historia del hombre de manera orgánica y profunda.”

Esto debe leerse en clave del comentario realizado en este Blog, en la primera entrega, que predicaba sobre el número cuatro de la Bula: “Por último, he ahí expuesto abiertamente el error que se repite machaconamente como una verdad indiscutible en casi todas las comunicaciones actuales de los Papas: la Iglesia existe para servir al hombre. ¡Qué gran confusión! La Santa Iglesia existe para servir a Dios. Nuestra única razón de ser y existir es precisamente ese servicio.”

El número catorce atañe especialmente al nombre de este Blog “Mientras peregrino”, pues comienza así: “La peregrinación es un signo peculiar en el Año Santo”. Establece además -en la mirada de SS Francisco- las etapas de la peregrinación, mediante la cual es posible alcanzar la misericordia, y finaliza repitiendo el lema del Año Jubilar o Santo: misericordiosos como el Padre.

El número quince es un hermoso texto que alude a las obras de misericordia, tanto las materiales como espirituales, pero lamentablemente, tal como ya ha sido comentado en la primera parte de este post, exuda por todos sus poros el léxico y la dialéctica de la “Teología del Pueblo”.

La teología del pueblo es una corriente teológica nacida en la Argentina tras el Concilio Vaticano II y la Conferencia de Medellín (Colombia, 1968) como rama autónoma de la teología de la liberación que, según varios autores, ha influido fuertemente en el pensamiento del papa Francisco. Entre los principales teólogos de teología del pueblo se destacan Lucio Gera, Rafael Tello, Justino O'Farrel, Juan Carlos Scannone y Carlos María Galli.

La teología del pueblo toma la crucial "opción preferencial por los pobres" de la Teología de la liberación, pero se diferencia de ésta por no poner el centro en la categoría de la "lucha de clases", sino las nociones de "pueblo" y "antipueblo" y las particularidades que toman las luchas populares y la cultura en América Latina. La teología del pueblo sostiene que a partir de la globalización y la profundización de los procesos de exclusión, la "opción preferencial por los pobres" debe expresarse como "opción preferencial por los excluidos".

El teólogo jesuita Juan Carlos Scannone, fundador de la Filosofía de la liberación y de la teología del pueblo, ha dicho que el papa Francisco ha tomado de ésta última su noción de "pueblo" como "figura poliédrica" en la que cada cultura tiene algo que aportar a la humanidad y donde se respetan las diferencias.[1]

Algunas exudaciones:
·       …cuantos viven en las más contradictorias periferias existenciales
·       Cuántas heridas sellan la carne de muchos que no tienen voz porque su grito se ha debilitado y silenciado a causa de la indiferencia de los pueblos ricos.
·       …las heridas de tantos hermanos y hermanas privados de la dignidad
·       …los pobres son los privilegiados de la misericordia divina

Ante el texto, se hace necesario señalar algunos equívocos: hermanos nuestros son solamente aquellos bautizados y que permanecen en comunión dentro de la Santa Iglesia. Los demás hombres pueden ser prójimo, criaturas de Dios, semejantes, pero no hermanos en sentido lato. Este equívoco proviene de SS Pablo VI quien dijo “Todo hombre es mi hermano”[2]

Por otra parte, y así como se indicara en el post de la primera parte de este análisis, la predilección de Nuestro Señor por los pobres es por los que no tienen nada porque todo lo esperan de Dios. Son los pobres de espíritu. No los excluidos.
De los diez leprosos que cura Jesús (excluidos por la sociedad por excelencia), sólo uno vuelve y es salvado.
Zaqueo, excluido por ser publicano, era muy rico, pero se salva por desprenderse de su apego a la riqueza y por su intención de reparar su culpa (si a alguien he perjudicado…)

Un Siervo de los siervos de Dios que adhiera de esta forma a la Teología mencionada, se erige en un serio escollo en el derrotero de la Iglesia Peregrina. Quiera Dios Padre que su corazón sea iluminado por el Santo Espíritu y abandone la visión horizontal y equívoca que vertebra cada una de sus prédicas actuales.

El número diez y siete contiene un hermoso texto acerca de los confesores, y sirve de introducción al número diez y ocho, donde se introduce la figura de los confesores Misioneros de la Misericordia, a quienes se le da la autoridad de perdonar también los pecados que están reservados a la Sede Apostólica.

Lo que el texto no dice, quizás porque se consideró que no era “simpático” es que estos pecados, y otros reservados a la consideración de los obispos, requieren primero el levantamiento de la excomunión “latae sententiae” o automática en que incurrieron los pecadores.
Tampoco se diferencia entre “delito canónico” y pecado. Para ello, confróntese el Código de Derecho Canónico[3]
 
¿No hubiera sido conveniente que la Bula mencionara que en circunstancias ordinarias, una mujer que aborta y aquellas personas que la ayudan o asisten directa o indirectamente incurren en excomunión automática?

¿No hubiera constituido esto, además de un llamado a los católicos que ignoran esta verdad, un homenaje a todos aquellos médicos que hasta afrontan penas de cárcel por negarse a cumplir leyes inicuas de “salud reproductiva”? Y no estamos hablando de países en vías de desarrollo solamente, o de aquellos otros sumergidos, sino países desarrollados como los Estados Unidos de Norteamérica.

A continuación, un listado de los pecados con excomunión automática:

Reservados a la Sede Apostólica:
·       Profanación de la Eucaristía
·       Violencia física contra el Romano Pontífice
·       Ordenación de un obispo sin mandato apostólico
·       Atentado de ordenación sacerdotal de una mujer
·       Violación del sigilo sacramental
·       Absolución del cómplice en pecado torpe (sexto mandamiento)

Después, los siguientes delitos están reservados al obispo y también suponen la excomunión:
·       Apostasía, herejía, cisma
·       Aborto

En el número 19 se invita enfáticamente a los pecadores a “dejarse tocar el corazón: ¡Este es el tiempo oportuno para cambiar de vida!”.
Sin embargo, resulta extraño que se mencione casi en forma única, solamente la corrupción causada por el dinero, la cual “con su prepotencia y avidez destruye los proyectos de los débiles y oprime a los más pobres”.

Además de los pecados listados más arriba, vivimos en un mundo donde predominan ideas que describe magistralmente San Josemaría Escrivá de Balaguer: “Se rechaza la doctrina de los mandamientos de la Ley de Dios y de la Iglesia, se tergiversa el contenido de las bienaventuranzas poniéndolo en clave político-social: y el que se esfuerza por ser humilde, manso, limpio de corazón, es tratado como un ignorante o un atávico sostenedor de cosas pasadas. No se soporta el yugo de la castidad, y se inventan mil maneras de burlar los preceptos divinos de Cristo.[4]

Especialmente, los pecados contra el sexto mandamiento. En realidad, el sexto Mandamiento de la Ley de Dios supone la puesta en práctica de una serie de conductas que, de ser tenidas como propias, hacen caer en graves trasgresiones de la norma divina. Entre algunas cabe hacer mención de:

-La interrupción del acto generador.
-La incontinencia.
-Las relaciones sexuales prematrimoniales.
-Las acciones “iuxta naturam” y “contra naturam”.

Son “iuxta naturam” la fornicación, el adulterio y el incesto; son “contra naturam” la sodomía y la bestialidad.

-Toda acción sexual fuera de los cauces de la generación responsable.
-La lujuria.
-El adulterio.
-La prostitución.
-El homosexualismo.
-La masturbación.
-La violación.

Esto es lo que se lee todos los días en los periódicos y se ve en los noticieros de la televisión. Si son tan corrientes: ¿por qué no fueron mencionados?

En los números veinte y veintiuno se trata de las relaciones entre Justicia y Misericordia. Una sola frase sirve para mostrar el enfoque que se le ha dado a tan interesante tema: “la superación de la justicia en dirección hacia la misericordia”.

En el post anterior ya se ha hablado suficientemente acerca de cómo solamente Dios puede ser a la vez infinitamente justo e infinitamente misericordioso. Desear inclinar esa misteriosa balanza hacia la justicia, o como lo hacen los números de referencia, hacia la misericordia, es una falta de respeto hacia la naturaleza divina, a la cual sólo le cabe la alabanza.

FIN DE LA SEGUNDA PARTE


[1] Véase: La filosofía  de  la  liberación:  historia, características,  vigencia  actual. J.C. Scannone. Online en: http://www.scielo.cl/pdf/tv/v50n1-2/art06.pdf
[3] Delitos contra la Fe, la moral y los sacramentos. Online: http://www.vatican.va/resources/resources_norme_sp.html
[4] Amar a la Iglesia, Epalsa, Madrid, 2002 (1ª, 1986)
 

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Reflexiones en torno a la Bula “Misericordiae Vultus” 1 PARTE

Estas reflexiones sobre la Bula papal disponiendo acerca del Jubileo Extraordinario de la Misericordia se comprenderán mejor si tiene a mano el texto de la misma. Ábrala en otra pestaña haciendo click



Ya los medios de comunicación masiva, al menos por un tiempo, callaron acerca de la engañosa “información” que propalaron: “ahora la Iglesia Católica perdona el pecado del aborto”. Considero importante dedicarle un poco de tiempo en este Blog a todo el texto de la Bula, sobre todo porque en ella en el número 14, se hace una referencia que toca de cerca al título de este blog:

“La peregrinación es un signo peculiar en el Año Santo, porque es imagen del camino que cada persona realiza en su existencia. La vida es una peregrinación y el ser humano es viator, un peregrino que recorre su camino hasta alcanzar la meta anhelada.”

Como pretendo exponer a lo largo de estas líneas, lo más importante del texto de la Bula quedó oculto por la “mass media”, y por ende, escondido para todo lector de noticias, o aquel que no tenga tiempo o ganas de dedicarse a estos temas.

Lo primero; el título de la Bula[1]: “Misericordiae Vultus”, se podría traducir como “Buscando la misericordia”. Pero, ¿Qué es la misericordia? ¿Es lo mismo misericordia Divina que virtud humana?
El DRAE define perfectamente las diferencias entre ambas: como primera acepción dice “Virtud que inclina el ánimo a compadecerse de los trabajos y miserias ajenos.” Mientras que, aclarando como perteneciente a la religión, predica de la Misericordia Divina “Atributo de Dios, en cuya virtud perdona los pecados y miserias de sus criaturas.” La humana es una virtud, esto es un hábito operativo bueno, la de Dios; un atributo de su Ser.

Esta distinción puede ser sutil a primera vista, pero en mi opinión, en todo el texto se confunde constantemente entre ambas, y en esta confusión, también se confunde el concepto de perdón, y la relación que existe entre misericordia y justicia.

Pero vamos por partes. En el número uno se nos dice que “Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre”, para proseguir luego con una relación muy bella acerca de la Encarnación.

Sin embargo, se olvida de la Tercera Persona; el Espíritu Santo. Con frecuencia no tratamos al Espíritu como una persona. No obstante, Jesús nos ha confiado a Él y ha dicho que «Él les enseñará todo, y les recordará todo lo que les he dicho», nos acompañará, nos convencerá de la maldad del pecado, nos arrancará del pecado. Jesús nos ha encomendado a Él y ha dicho que es nuestro apoyo, nuestro maestro; sin embargo, muy a menudo no nos relacionamos con Él como una persona viva, viva que está en medio de nosotros. Lo consideramos una realidad lejana, impersonal, desvaída, irreal.

¡Qué bueno hubiera sido arrancar con una referencia a la Santísima Trinidad, y recordar a la vez la secuencia del Santo Espíritu: “Sin Tu ayuda divina no hay nada en el hombre, nada que sea inocente”.

El arrepentimiento que precede a todo perdón, proviene de la Fe, no sólo como una disposición humana, sino entendida ella como un don de Dios.

Teniendo en cuenta lo antedicho, recién en el número dos se menciona a la Trinidad: “Misericordia: es la palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad.” Texto oscuro, ya que el mismo queda encerrado en un contexto de definiciones acerca de qué cosa es la misericordia. Por otra parte, la Santísima Trinidad es un misterio precisamente porque no puede ser comprendida por la mente humana.

En el número tres se dice con mucho acierto que: “La misericordia siempre será más grande que cualquier pecado y nadie podrá poner un límite al amor de Dios que perdona.” Pero olvida decir que Dios perdona solamente a aquellos que se arrepienten. Y que no perdona el pecado contra el Espíritu Santo.

Es cosa curiosa que en todo el texto de la Bula no figure el verbo “arrepentirse”, en cualquiera de sus formas y tiempos, ni tampoco el sustantivo “arrepentimiento”.

Para hacerse acreedor a la consecuencia lógica de la misericordia divina, es decir el perdón de nuestros pecados, es necesaria la Fe, y sin duda el arrepentimiento. Así lo atestigua todo el Nuevo Testamento.

Aún más, en todo de acuerdo con la síntesis efectuada por Romano Guardini[2], si el pecado se realiza no solamente contra Dios sino también contra otra persona, es necesario contemplar la reparación de la culpa, que supone un esfuerzo del pecador y cuando este no basta, la reparación obra por los méritos del santo sacrificio de Nuestro Señor Jesucristo.

Es por todo esto que anualmente la Santa Iglesia nos recuerda al comienzo de cada cuaresma: “arrepiéntete y cree en el evangelio”. ¡Frente a la Misericordia Divina: Arrepentimiento!

Resulta llamativo que en este acápite se diga que se ha elegido -en forma coherente y acertada- la apertura del Año Santo el día de la solemnidad de la Inmaculada Concepción, el cual se constituye de algún modo en el comienzo del plan salvífico de Dios, mientras que en el siguiente epígrafe, el número cuatro, se dice que:

“He escogido la fecha del 8 de diciembre por su gran significado en la historia reciente de la Iglesia. En efecto, abriré la Puerta Santa en el quincuagésimo aniversario de la conclusión del Concilio Ecuménico Vaticano II. La Iglesia siente la necesidad de mantener vivo este evento. Para ella iniciaba un nuevo periodo de su historia. Los Padres reunidos en el Concilio habían percibido intensamente, como un verdadero soplo del Espíritu, la exigencia de hablar de Dios a los hombres de su tiempo en un modo más comprensible. Derrumbadas las murallas que por mucho tiempo habían recluido la Iglesia en una ciudadela privilegiada…”

Es de lamentar que el autor descalifique toda la enseñanza de la Iglesia de un plumazo, por ser “no comprensible”.

Cuando era pequeño, y concurría a la catequesis de primera comunión, el catecismo se aprendía en forma de preguntas y respuestas. La primera era ¿Quién es Dios? Y la respuesta: “Dios es el Ser Supremo que premia a los buenos y castiga a los malos”. Seguramente hoy los modernos fariseos se rasgarían las vestiduras por esa respuesta. ¡Pero qué clara y comprensible resultaba!

¿Cómo se puede afirmar que la Iglesia vivía dentro de las murallas de una ciudadela privilegiada? La Iglesia es la esposa mística de Nuestro Señor, y siempre proclamó la buena noticia. Siempre aseguró la doctrina fiel y segura y fue depositaria de los tesoros de la Revelación.

Desde los primeros tiempos los cristianos fueron el resto de Israel, la asamblea de los santos de Dios. Aún con toda la carga de miseria humana que todos traemos y llevamos, nunca fue indiferente. Nunca dejó de proclamar la Palabra, y lo que es aún más importante, nunca dejó un solo día de cumplir el mandato de Jesús: celebrar el santo sacrificio del altar, el mismo sacrificio de la cruz efectuado en forma incruenta (no la fiesta o banquete del cual se habla ahora). ¡Una multitud incontable de santos lo atestigua ya como parte de la iglesia triunfante!

¿Quién puede atreverse a decir, en forma tan taxativa, que la Iglesia se había encerrado en las murallas de una ciudadela privilegiada?

¡A este paso, seguramente no faltará quien reproche la pedagogía de Nuestro Señor por hablar en parábolas![3] ¡…Por ser poco comprensible!

El otro párrafo lamentable de este desdichado texto es el siguiente: “El Concilio ha enviado al mundo contemporáneo en lugar de deprimentes diagnósticos, remedios alentadores, en vez de funestos presagios, mensajes de esperanza: sus valores no sólo han sido respetados sino honrados, sostenidos sus incesantes esfuerzos, sus aspiraciones, purificadas y bendecidas… Otra cosa debemos destacar aún: toda esta riqueza doctrinal se vuelca en una única dirección: servir al hombre.”

Seguramente los deprimentes diagnósticos han de ser las propias palabras de Nuestro Señor: “generación adúltera y pecadora”[4] y los funestos presagios, además de las señales de la ruina de Jerusalén y el fin del mundo[5], han de ser los mensajes de la santísima Virgen[6] , que se suceden en diferentes épocas y lugares.

Por último, he ahí expuesto abiertamente el error que se repite machaconamente como una verdad indiscutible en casi todas las comunicaciones actuales de los Papas: la Iglesia existe para servir al hombre. ¡Qué gran confusión! La Santa Iglesia existe para servir a Dios. Nuestra única razón de ser y existir es precisamente ese servicio.

Si enseñamos, ayudamos y servimos a otros hombres, lo hacemos por amor a Dios[7] ¿O acaso la miseria de la humanidad suscita per se el amor del hombre por el hombre? ¿Acaso es la Iglesia filantrópica?

El número cinco establece acertadamente que el Año jubilar se concluirá en la solemnidad litúrgica de Jesucristo Rey del Universo, encomendando la vida de la Iglesia, la humanidad entera y el inmenso cosmos a la Señoría de Cristo.

El número seis está destinado a glosar la misericordia de Dios, utilizando el siguiente punto de vista: “Su ser misericordioso se constata concretamente en tantas acciones de la historia de la salvación donde su bondad prevalece por encima del castigo y la destrucción”.

Esto es cierto, pero en parte. Además de un Señor misericordioso, El Señor de los ejércitos es un guerrero.

Por cada israelita que alcanzaba la misericordia, a menudo se destruía otro pueblo que adoraba falsos dioses. Nuestro Señor Jesucristo, a menudo llamado Príncipe de la Paz (de una paz que no es la del mundo), también vino a traer la guerra, la espada o el disenso[8], en un contexto en el cual el que no estaba con Él, estaba contra Él.

Nosotros, los cristianos, hemos alcanzado la misericordia porque los hijos de Israel no lo recibieron. La Iglesia de la misericordia divina es para aquellos que se convierten y creen en la Buena Noticia. Extra Ecclesiam nulla salus, fuera de la Iglesia no hay salvación[9].

Por lo tanto, si bien la misericordia divina es para todos los hombres, ellos deben hacer uso de la libertad con que fueron creados para beneficiarse de la misma. Nada de esto se aclara en la Bula. Bien está que la misma no es un tratado de estudios teológicos. Pero el texto debe forzosamente suponer un contexto de ese orden, cosa del cual carece, o bien el mismo resulta parcial.

En el número siete, se continúa hablando de la misericordia divina, en este caso desde la perspectiva del salmo 136, del cual se nos informa que pertenece al gran hallel[10], dando un contexto teológico judío al tema de la misericordia.

Un dato curioso resulta del final de cada estrofa del salmo, según es citado por la Bula: “Eterna es Su misericordia”, traducción que responde, no se sabe si del hebreo o de la nova vulgata, que reza “in aeternum misericordia eius”. El salmo 136 en castellano es traducido como: “porque es eterno Su amor”[11]

En el número ocho, quizás el texto más sugerente del acápite, hablando del amor de Jesús y su misericordia es el siguiente: “Los signos que realiza, sobre todo hacia los pecadores, hacia las personas pobres, excluidas, enfermas y sufrientes llevan consigo el distintivo de la misericordia. En Él todo habla de misericordia. Nada en Él es falto de compasión”.

Es verdad. Pero también el texto nos introduce a un argumento delicado y quizás malinterpretado en muchas oportunidades.

Pareciera que en la teología progresista el amor que siente Dios por los pobres y otras categorías mencionadas es un amor de predilección. Y desde luego que lo es: pero es que Dios prefiere a los pequeños[12]. Ser pobre de espíritu no es ser carenciado. He aquí el error moderno de la llamada teología de la liberación (versión argentina, teología del pueblo): para imitar a Nuestro Señor, vayamos hacia los carenciados. No importa si no quieren trabajar, o son drogadictos, o ladrones o asesinos; el sistema los ha marginado. No importa que no se hayan arrepentido ni crean en la Buena Noticia. No es culpa de ellos sino de la sociedad. ¡Corramos a su encuentro! Cual cruzados modernos, estos teólogos prorrumpen en el grito: ¡Dios lo quiere!

He aquí el nacimiento de tantos males modernos: la suposición de una responsabilidad personal nula de los carenciados, el garantismo en la aplicación de la ley, el fomento del odio de clases, el discurso anticapitalista enraizado en un marxismo disfrazado, el odio hacia una supuesta oligarquía terrateniente y tantos otros. Un supuesto amor que al final engendra odio. Así recibí un escupitajo en el rostro y el epíteto “oligarca”, simplemente porque estaba sentado en un transporte público vestido de traje y corbata. Hasta eso hemos llegado. Doy fe.

De hecho, Nuestro Señor también se relacionaba con los ricos: unos, pobres de espíritu, como Nicodemo, otros, como aquel joven de quien no sabemos su nombre, que cumplían todos los mandamientos, pero no se despojaban de aquello que más querían, y que no era Dios.[13]

El número nueve es quizás el texto más logrado acerca de la misericordia, y la necesidad que tenemos los hijos de Dios de imitar su obrar: llevar a acto la imagen de Dios de la que fuimos hechos.

Cabe sin embargo repetir la pregunta ya formulada: ¿es posible perdonar, es decir según el DRAE[14] “Remitir la deuda, ofensa, falta, delito u otra cosa”, sin antes el arrepentimiento de quien ofende?
Finaliza este acápite con dos frases de gran peso y obligación: “Como ama el Padre, así aman los hijos. Como Él es misericordioso, así estamos nosotros llamados a ser misericordiosos los unos con los otros”.

El número diez trae nuevamente a la atención algunos pensamientos centrales que es necesario analizar: en primer lugar, la frase “Tal vez por mucho tiempo nos hemos olvidado de indicar y de andar por la vía de la misericordia. Por una parte, la tentación de pretender siempre y solamente la justicia ha hecho olvidar que ella es el primer paso, necesario e indispensable; la Iglesia no obstante necesita ir más lejos para alcanzar una meta más alta y más significativa”.

En verdad, esta frase ignora una de las verdades más importantes acerca de la noción de Dios: Él es el Ser Supremo infinitamente justo e infinitamente misericordioso a la vez.

Pensar en ser justos con una opción superadora que vendría a ser la misericordia es abrirles las puertas de la salvación a todos los hombres, quitándole su responsabilidad moral. Algo tremendamente injusto.

Existen dos momentos en la historia de la salvación que pueden aparecer distintos, pero no lo son. El primero es la aparición del Mesías, quien dice que no ha venido a juzgar[15] pero a continuación dice: el que cree en Mí no es condenado, pero aquel que no crea, ya está condenado[16] En eso consiste el juicio.

El segundo momento es la venida del Juez Fiel y Veraz: el Juicio Final[17] Algunas personas creen que en el período entre la primera y segunda venida la norma no es nada más que la misericordia[18]. Esto está muy alejado de la verdad, pues es el Hombre quien se condena a sí mismo rechazando al Espíritu de Dios.

Para Dios, el Ser Supremo, todo es un eterno presente. El drama de la historia colectiva y personal de cada hombre que ha vivido o vivirá se encuentra frente a sus ojos. Es por eso que no hay dos momentos. La Escritura es tremendamente coherente en la medida en que se piense que en ella es Dios mismo quien habla a los hombres. Dios no puede ser de una manera en su primera venida y de otra en la parusía. Juzgar la historia de la salvación con categorías humanas puede ser una trampa mortal para cualquier conclusión teológica.

FIN DE LA PRIMERA ENTREGA


[1] Bula, del latín bulla: Documento pontificio relativo a materia de fe o de interés general, concesión de gracias o privilegios o asuntos judiciales o administrativos, expedido por la Cancillería Apostólica y autorizado por el sello de su nombre u otro parecido estampado con tinta roja. Sello de plomo que va pendiente de ciertos documentos pontificios y que por un lado representa las cabezas de San Pedro y San Pablo y por el otro lleva el nombre del Papa.
[2] Romano Guardini, Ética: lecciones en la Universidad de Múnich, Cap. III, Biblioteca de Autores Cristianos, 1999
[3] Al respecto, véase la perícopa Mt 13, 1-23
[4] Marcos 8:38
[5] Mt, 24
[6]  Los mensajes de Nuestra Señora de la Salette para el mundo dados en 1846 son importantes y actuales para nuestros días: "No ofendan más a Dios (no pequen más) y hagan penitencia; si no, terribles pruebas y sufrimientos vendrán sobre el mundo". El mismo mensaje ha dado Nuestra Señora en Lourdes y en Fátima: oración, penitencia y consagración a su Inmaculado Corazón.
[7] Jn 13:34
[8] Mt 10,34
[9] Consúltese Catecismo de la Iglesia Católica, 846-848
[10] La cena pascual judía, o Seder de Pascua, concluía en el tiempo de Jesús, y concluye también hoy, con la recitación de unos salmos especiales que se llaman Hallel, o alabanza. Se llaman así porque todos ellos comienzan con las palabras Hallelu Yah, "Alabad al Señor". Este Hallel se divide en dos partes, el pequeño Hallel, formado por los salmos 113 al 118, y el gran Hallel, el salmo 136 de la Biblia hebrea. Es el salmo conclusivo de la cena pascual, el más solemne e importante de todos.
[11] Salmo 136, Biblia de Jerusalen
[12] Ya lo sabía muy bien Santa Teresita del Niño Jesús, quien explícitamente dijo que lo que Dios amaba en ella era su pequeñez.
[13] Mt 19, 16-22
[14] Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua
[15] “Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para que juzgue al mundo, sino para que el mundo sea salvado por Él” Jn 3, 17.
[16] Jn 3, 18-19
[17] Apocalipsis 19, 11-21
[18] Al respecto, véase el libro: El Pato apresurado o apología de los hombres, BAC, 301 Madrid 1970