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lunes, 4 de abril de 2016

La Anunciación: Fe absoluta.

De un mail recibido:
Los católicos, en el trajinar de los días, y preocupados por cumplir con las prácticas religiosas, nos podemos olvidar del corazón de nuestra religión que es la fe. Tengamos presente que la fe es lo que da valor a nuestras obras.
El Señor en el Evangelio premia la fe de los que acuden a Él para pedirle algo.
¿Qué podría pasar en nuestra vida y en las vidas de quienes amamos, si tuviéramos una fe absoluta en Dios?
¿Qué ocurriría si creyéramos en Dios contra toda esperanza, a pesar de las apariencias, e incluso de los hechos consumados?
Sería una fe de “locos”, ¡pero cuánto ama el Señor esta fe ciega y enloquecida! Los premios que da el Señor a quien tiene una fe de esta magnitud, son tan desmesurados, que vale la pena hacer el intento de alcanzar dicha fe.
Porque la fe es un don de Dios, es una virtud teologal que nos infunde Dios en el alma en el momento del bautismo. Pero nosotros debemos acrecentar esa fe y es también la fe una respuesta personal que damos nosotros, que “queremos” dar, y ahí ya depende de nosotros.
Entonces hagamos el propósito, a partir de hoy mismo, de tener esta fe que cree en la bondad de Dios y en su Providencia amorosa, a pesar de todo lo que vemos mal, de todo lo que, incluso, parece ya terminado, perdido para siempre, liquidado, e imposible.
Nos puede ayudar a tener esta fe, recordar aquellas palabras que el Ángel Gabriel le comunicó a María Santísima: “No hay nada imposible para Dios”. Que se nos grabe esta frase, esta Verdad, en lo más hondo de nuestro corazón, en nuestra alma, en nuestra mente, y actuemos en consecuencia, y recemos influenciados por esta frase, por esta verdad.
A los católicos nos falta fe. Y quien lo ponga en duda, que mire las iglesias y los Sagrarios, solitarios ambos. Si hubiera fe, no dejaríamos tan solo al Señor Sacramentado, y las funciones litúrgicas estarían abarrotadas de gente.
Aumentemos nuestra fe, porque de ello depende todo lo que nos suceda a nosotros y a quienes amamos, y también al mundo entero, en el tiempo y en la eternidad.

 "Jesús no pide grandes hazañas, sino únicamente abandono y gratitud".
(Santa Teresa de Lisieux)

sábado, 7 de julio de 2012

Tres peregrinos sedentes


Un día, un peregrino avanzaba por un sendero muy parecido al que muestra la foto que encabeza este blog.

A pesar de ser un hombre avezado en el Camino, y haber superado noches negras, silencios sin respuestas aparentes, tormentas espirituales, tentaciones, el peregrino no pudo menos que sorprenderse al encontrar -en fila- a lo largo de cortos trechos, tres peregrinos sentados en sendas piedras planas, que parecían puestas allí ad hoc.

La característica del verdadero peregrino es la marcha. A pesar de ello, quizás, por la sorpresa y la curiosidad que le suscitaron los tres personajes, hizo que el viajero detuviera por un momento su andar y se dirigiera al primer sedente. Pensaba además que quizás necesitaban ayuda.

-Buenos días, dijo, en tono amistoso: ¿acaso puedo ayudarte en algo?
El otro contestó con voz rasposa:

-No puedes ayudarme en nada. El camino ya no tiene sentido para mí, pues he perdido la Fe. Creo que no llegaré nunca a nada, por más que me esfuerce.
¿Qué decir a una persona que brinda semejante respuesta? El caminante contestó “oraré para que el Espíritu Santo te otorgue el don de la Fe” Y se alejó, entristecido.

A poco de andar, se encontró con el segundo sedente. Al repetirle la pregunta efectuada al primer hombre sentado, este contestó:

-No puedes ayudarme en nada. Yo no he perdido mi Fe, y creo firmemente con mi inteligencia en las enseñanzas recibidas. Pero he encontrado que la Fe que me ha sido dada por los sacramentos ha perdido su eficacia. No llegaré a ninguna parte.

El caminante se lamentó en alta voz con su interlocutor, solidarizándose con su desgracia, y le dijo:

-Oraré para que tu Fe vuelva a vivir en ti.

Y prosiguió su camino.

Al encontrarse con el tercer sedente, le efectuó la misma pregunta que a los anteriores. El hombre le contestó:

-Mi corazón se ha secado. Ya no siento nada, y el Camino ha dejado de tener sentido. Creo que moriré aquí sentado.

El Caminante Peregrino también se solidarizó con él, y le dijo:

-Que el Corazón de Jesús en quien confío, te otorgue una llama de su amor.

El Caminante se alejó, entristecido por sus hermanos peregrinos que habían quedado en el Camino, y reflexionando sobre lo visto y vivido.

Tanto oró, y tanto reflexionó sobre estos tres hombres sedentes, que la anécdota se transformó en una historia que nuestro caminante peregrino se encargó de transmitir de boca a boca a cuantos otros se cruzaba en el sendero.

Para cuando llegó a mí, ya tenía moraleja, y es esta:
La responsabilidad de los tres era evidente, pues Cristo nos exige una disposición interior para poder obrar. Esta disposición interior comienza con la humildad (Mat. 8:5-13). Este es el elemento común a los tres personajes.

Respecto del primero, la Fe no es una “cosa” que se extravía, es un don que se cultiva e incrementa por la oración, por las obras de piedad y misericordia.

Quizás el obstáculo principal para conservarla es no considerar a ella un tesoro precioso, digno de cualquier sacrificio, hasta el martirio.

Para algunos es simplemente un supuesto de vida, algo que está allí y que no hace falta cuidar. Parecieran creer que la Fe se ocupa de sí misma.

Para mantener la Fe es necesaria la asiduidad con la Eucaristía y una necesidad de reparación continua al Corazón amantísimo de Jesús, que supone penitencia y amor de nuestra parte.

El segundo sedente aparentemente piensa que la Fe ha perdido su eficacia. Esto ocurre a menudo, cuando la Fe se intelectualiza de tal forma que ya se ve transformada en un mero conocimiento. No es que ha perdido su eficacia: es que no es fe. ¡Cuántos miembros de la Iglesia entran en esta categoría!

El mejor de los teólogos puede carecer de Fe. Ya lo dice la Escritura: Destruiré la sabiduría de los sabios y rechazaré la ciencia de los inteligentes (Is. 29,14).
El presupuesto de la Fe verdadera es que la misma de por sí es indemostrable: se cree o no se cree. No obstante, puede acrecentarse por el estudio de la Escrituras y su reflexión sistemática, a condición de no ser transformada en “ciencia”.

Quizás el drama del tercer sedente es el mayor: “mi corazón se ha secado”, dice. Ya no cree con el corazón, el órgano por excelencia del hombre religioso.
Existen varias respuestas al resecamiento del corazón, pero la principal razón de este fenómeno es el egoísmo.

Sin darse cuenta, en su corazón Cristo ha dejado de ocupar el lugar principal. Su egoísmo lo ha llevado a ser él el protagonista de su historia. Es un ser auto suficiente, donde no se da el milagro de la Eucaristía: ser cada vez menos “nosotros”, y cada día más Él.

Es un pobre hombre a la deriva, que con frecuencia busca otros afectos relacionados consigo mismo, para auto satisfacerse. Mientras tanto, se da cuenta que cada vez puede amar menos, hasta que deja de importarle.

De ahí que se deje morir en el Camino. Ese sector del Camino, es todo lo que puede ver y todo lo que le queda. Para él la realidad comienza y termina hasta donde alcanza su corta vista.

Se han olvidado del salmo: (27:4-13)
Pero de una cosa estoy seguro: he de ver la bondad del Señor en la tierra de los vivientes.

In te Domine speravi.

sábado, 4 de diciembre de 2010

Siete Peregrinos

Diariamente, durante la semana, tengo por costumbre asistir por la tarde a la iglesia adyacente al Monasterio de Santa Catalina de Siena ( uno de los más antiguos de Buenos Aires, 1745) para recibir allí la eucaristía en una pequeña ceremonia, pues no hay misa vespertina.

Este viernes (ya me habían sorprendido otras veces tan gratamente), además de la santa misa, se administraba el bautismo, primera comunión y el sacramento de la confirmación a siete personas adultas: un varón y seis mujeres.

Siete nuevos peregrinos en la ruta a la Tierra de los Vivientes. ¡Qué alegría sintió mi corazón por ellos!

Sin embargo, no pude menos que pensar en aquellos otros desventurados que pasan por los centros de apostasía, en España (tan luego) y en otros lugares!

Por supuesto que con tanta emoción, y aún con toda la preparación impartida, sus rostros denotaban el mismo sentimiento que debe haber tenido Abraham:

Por la fe, Abraham, al ser llamado por Dios, obedeció y salió para el lugar que había de
recibir en herencia, y salió sin saber a dónde iba. Por la fe, peregrinó por la Tierra Prometida, como en tierra extraña, habitando en tiendas de campaña, lo mismo que Isaac y Jacob…” (Hebreos 11, 8-9).

El sacerdote que oficiaba, hombre de gran  intelectualidad,  siempre gusta de enfatizar  lo primordial del tema de la Fe, y así lo hizo también en esta oportunidad, recordando que Jesús no hacía milagros donde no encontraba Fe.

No es el caso aquí de polemizar sobre una cuestión sobre la cual ya ha quedado todo perfectamente claro desde la Contrarreforma hasta el día de hoy: como lo decía en otro post, la Fe, sí, pero no sin las obras.

Me interesa mucho más destacar la virtud de la Fe vista desde la perspectiva de un punto de partida para cualquier caminante que ha sido llamado. No sabe dónde, a menudo ni siquiera cómo, pero que ha respondido a ese llamado.

Este primer paso, esta respuesta, de por sí, ya entra en la categoría “obras”: habla Señor, que tu siervo escucha : I Samuel 3,10

Por supuesto que para estos nuevos siete peregrinos se abre  ahora un período espiritual de “luna de miel”, por esta unión espiritual que han experimentado.

¿Qué rumbo tomará cada uno, luego de que este estado de embelesamiento se pase?

¿Recordarán acaso y a menudo la Escritura? elegit nos in ipso ante mundi constitutionem ut essemus sancti (Eph I, 4). Nos ha escogido, desde antes de la constitución del mundo, para que seamos santos.

¿Cuántas obras deberán realizar? ¿Cuántas otras quedarán inconclusas o quizás nonatas en el camino?

Al pensar todo esto, se me ha ocurrido que (por supuesto, además de la asistencia de N.S. Jesucristo y su Santa Madre), cada peregrino debería elegir, al menos figuradamente, un consejero de camino.

Alguien que ve la realidad, lo que es, no como en un espejo. Alguien que mora en la Tierra de los Vivientes y pueda interceder por nos.

Yo, que en estas cosas me confieso ambicioso, buscaría la compañía de varios santos y santas de mi devoción particular.

Pero si se me dijera que sólo se me permite uno, escogería sin dudar a San Miguel.

Es por eso que, cerrando ya esta breve nota, rezo al Santo Arcángel por los siete nuevos peregrinos:

Sancte Michael Archangele, defende nos in praelio. Contra nequitiam et insidias diaboli esto praesidium. Imperet illi Deus, supplices deprecamur. Tuque princeps militiae caelestis, Satanam aliosque spiritus malignos, qui ad perditionem animarum pervagantur in mundo divina virtute in infernum detrude. Amen.

San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sed nuestro amparo contra la maldad y acechanzas del demonio. Reprímale Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia Celestial, arroja al infierno con el divino poder, a Satanás y a los otros espíritus malignos que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén

sábado, 13 de noviembre de 2010

Incluso de los que están de paso.


Tú obras fielmente, al ponerte al servicio de tus hermanos, incluso de los que están de paso”. Epístola III de San Juan 1,5-8

En el camino, a veces encontramos otros peregrinos que están de paso, y han quedado lastimados o golpeados por los hombres y la vida, como el pobre encontrado por el samaritano.

Esos que están de paso, son nuestro prójimo. Acercarnos, ayudarlos; amarlos es deber para el cristiano.

Pero dentro de cada hombre encontrado en el camino hay una incógnita: ¿cómo reaccionarán a nuestra ayuda? Dentro del ser humano existe una oscuridad impenetrable para sus semejantes, que hace que en la práctica, no sepamos a quién estamos ayudando, ni cómo reaccionará.

Sin embargo, en algún momento el modo de cada uno se pone de manifiesto, pues para el que desea amar a su prójimo, se cumple la escritura: Para los buenos brilla una luz en las tinieblas : es el Bondadoso, el Compasivo y el Justo: Salmo 112(111),1-2.3-4.5-6. Es el propio Dios quien a su debido tiempo revela la naturaleza de quien estamos ayudando.

¿El pobre socorrido por el buen samaritano, habrá agradecido? O si no pudo hacerlo con quien correspondía, ¿lo habrá hecho con otro, ayudándolo a su vez?1

¡Para un peregrino, es todo un humano desafío vaciar sus alforjas y entregarlas a un desconocido!

El Señor nos enseña también que ante cualquier falta del hermano, en este caso, el desagradecido, debemos perdonar setenta veces siete. ¡Ved cuán difícil es ser peregrino en camino hacia la Tierra de los Vivientes!

A veces la marcha por el camino semeja una tarea de titanes, más allá de nuestras fuerzas. A veces a quienes ayudamos, una vez restablecidos, nos tratan de soberbios, o de enfermos paranoicos, como resultado de nuestras acciones.

Otras veces, al contrario, nos devuelven el ciento por uno, inesperadamente.

Más allá de los sentimientos humanos de frustración, desencanto o bien de grata emoción por la retribución no esperada, un peregrino experimentado no deberá perder de vista jamás el fin del Camino.

Allí se cumplirá también la escritura:”Y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche, aunque los haga esperar? Les aseguro que en un abrir y cerrar de ojos les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?" San Lucas 18,1-8.

En definitiva, como ya resultará evidente, nada puede un peregrino sin la Fe.
Sí, sin la Fe, pero también las obras.

1Al respecto, véase el tema de la culpa y el perdón en: Romano Guardini Ética,Apartado tercero, Cap. III, ED. BAC