domingo, 20 de mayo de 2012

La Ascensión del Señor

Peregrinando hacia arriba

 "El Señor Jesús, después de haberles dado sus últimas instrucciones a los Apóstoles que había elegido, ascendió al cielo "... Los miembros del Cuerpo de Cristo deben seguir a su maestro, su cabeza, que ascendió hoy. Nos precedió, para prepararnos un sitio (Jn 14,2), a nosotros que lo seguimos, de modo que pudiéramos decir con la novia del Cantar de los Cantares: "Correremos en pos de ti" (1,4)...

        ¿Queremos seguirlo? Debemos también considerar el camino que nos mostró durante treinta y tres años: camino de pobreza y de indigencia, a veces muy amargo. Debemos seguir completamente el mismo camino si queremos ascender, con él, por encima de los cielos. Aunque todos los maestros hayan muerto y todos los libros quemados, encontraremos siempre, en su vida santa, una enseñanza suficiente, porque él mismo es el camino y no otro (Jn 14,6). Sigamoslo pues.

        De la misma manera que el imán atrae el hierro, así Cristo misericordioso, atrae todos los corazones que ha tocado. El hierro atraído por la fuerza del imán se levanta por encima de su ser natural, pasa por encima, aunque esto sea contrario a su naturaleza. No se detiene hasta que él mismo se haya elevado. Así es como todos aquellos que son atraídos en el fondo de su corazón por Cristo, no retienen más la alegría ni el sufrimiento. Ascienden hasta él...

        Cuando no se es atraido, no hay que imputárselo a Dios. Dios toca, empuja, advierte y desea por igual a todos los hombres, quiere por igual a todos los hombres, pero su acción, su advertencia y sus dones son recibidos y aceptados de un modo muy desigual... Amamos y buscamos otra cosa distinta a él, he aquí porque los dones que Dios ofrece sin cesar a cada hombre quedan a veces inútiles... Podemos salir de este estado de alma sólo con un celo valiente y decidido y con una oración muy sincera, interior y perseverante.

de  Juan Taulero (v. 1300-1361), dominico en Estrasbourgo
Sermón 20, 3º para la Ascensión

martes, 8 de mayo de 2012

En su día, oración a la Santísima Virgen de Luján, 
Patrona de la Argentina y Madre de los Peregrinos

Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra. Nuestra Señora de Luján, Patrona de nuestra Patria; hoy alzamos nuestros ojos y nuestros brazos hacia tí... Madre de la Esperanza, de los pobres y de los peregrinos, escúchanos...
Hoy te pedimos por Argentina, por nuestro pueblo. Ilumina nuestra patria con el sol de justicia, con la luz de una mañana nueva, que es la luz de Jesús. Enciende el fuego nuevo del amor entre hermanos.
Unidos estamos bajo la celeste y blanca de nuestra bandera, y los colores de tu manto, para contarte que: hoy falta el pan material en muchas, muchas casas, pero también falta el pan de la verdad y la justicia en muchas mentes. Falta el pan del amor entre hermanos y falta el pan de Jesús en los corazones.
Te pedimos madre, que extingas el odio, que ahogues las ambiciones desmedidas, que arranques el ansia febril de buscar solamente los bienes materiales y derrama sobre nuestro suelo, la semilla de la humildad, de la comprensión. Ahoga la mala hierba de la soberbia, que ningún Caín pueda plantar su tienda sobre nuestro suelo, pero tampoco que ningún Abel inocente bañe con su sangre nuestras calles.
Haz madre que comprendamos que somos hermanos, nacidos bajo un mismo cielo, y bajo una misma bandera. Que sufrimos todos juntos las mismas penas y las mismas alegrías. Ilumina nuestra esperanza, alivia nuestra pobreza material y espiritual y que tomados de tu mano digamos más fuerte que nunca: ¡ARGENTINA! ¡ARGENTINA, CANTA Y CAMINA!

miércoles, 15 de febrero de 2012

El Peregrino ciego


Evangelio según San Marcos 8,22-26.

Este pasaje de la Buena Nueva nos muestra a Jesús, nuevamente, curando a un ciego.

La exégesis tradicional – y con razón- enseña que las curaciones de Jesús en los Evangelios se refieren frecuentemente a privaciones de los sentidos: los mudos hablan, los ciegos ven, como una referencia directa al estado de integridad perdido por Adán y Eva luego del pecado original, y que Cristo -nuevo Adán- viene a restaurar.

La intención de este post, es agregar un nuevo tema de meditación, contemplando la misma narración desde la óptica del Peregrino.

Dice el texto que: “(Jesús) tomó al ciego de la mano y lo condujo a las afueras del pueblo”

En este sencillo gesto, es posible distinguir por parte del ciego dos actitudes: en primer lugar, se dejó tomar de la mano confiadamente por el Maestro (tenía la Fe que Dios pide a todo aquel que va a recibir de Él una gracia especial), aún cuando no sabía dónde lo conducía. En segundo lugar, (fundamental desde la óptica del Peregrino), se puso en marcha.

¿No es esta la mejor actitud de un aspirante a peregrino? Dejarse llevar por la mano de Jesús, aunque no sepa dónde va.

Luego, el Maestro le devuelve la vista y lo envía a su casa. Devolverle la vista a un peregrino equivale a abrir para él un mundo nuevo, un mundo donde cualquier viajero pueda ver y encontrar su camino.

Por último, le indica que no vuelva a Betsaida. Y esto tiene una doble lectura: pues esta ciudad se caracterizaba por su poca fe: Mateo 11:21 y Lucas 10:13 (οὐαί σοι, Χοραζίν, οὐαί σοι, Βηθσαΐδά). Pero como indicación directa a un peregrino, el mensaje es más que claro: ¡peregrino, no vuelvas al punto de partida!

Espero que esta pequeña reflexión pueda constituirse en el germen de una pedagogía mayor sobre el peregrinaje espiritual.

AMDG

viernes, 27 de enero de 2012

Voz del Silencio

El camino del peregrino es un camino de silencio: ¿cómo anunciar al mismo tiempo la Buena Nueva?
A continuación, una reflexión del Arzopbispo Castrense de España, monseñor Juan del Río Martín:
  Nos encontramos en la “contracultura del ruido”: el silencio se ha convertido en un bien escaso, costoso y poco apreciado. Benedicto XVI nos sorprendió en el día de san Francisco de Sales, patrón de los periodistas, con un original mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones, donde pone de manifiesto que los nuevos evangelizadores serán buenos comunicadores si saben integrar “silencio y palabra” como elementos integrantes y necesarios en el anuncio de la Buena Noticia en la actual cultura mediática.
La comunicación moderna está saturada de verborrea. En las innumerables tertulias sobre cualquier tema, los participantes se pisan unos a otros en el tomar la palabra, la fragmentación del discurso es patente, y la síntesis final es difícil de hacer o no interesa a nadie. Como dice el Papa: “el hombre no puede quedar satisfecho con un sencillo y tolerante intercambio de opiniones escépticas y de experiencia de vida”. El cruce de opiniones debe estar motivado por la búsqueda de la verdad y ello exige el silencio para discernir lo que es importante de lo que es inútil y superficial. “Por esto, es necesario crear un ambiente propicio, casi una especie de ecosistema que sepa equilibrar silencio, palabra, imágenes y sonidos”.
Eso mismo es necesario recuperarlo a nivel religioso y litúrgico donde digamos que “el micro” lo invade todo, ahogando la participación personal y profunda de cada uno. ¿No se habrá olvidado que el Concilio nos dice que el silencio es parte de la celebración (SC 30)? A veces, el mismo silencio es la mejor oración y el discurso más elocuente. Precisamente, la comunicación más válida surge desde el silencio.
El silencio es concentración, inmersión en sí mismo, unificación de todos los niveles del ser, porque desde la dispersión de la propia persona no se puede decir nada que valga la pena. Hay un silencio vacío que dice ignorancia, aburrimiento, apatía, miedo, cobardía... Y hay un silencio fecundo que proclama presencia, apertura, paz, maduración, espera. De ahí, brota la verdadera comunicación tan necesaria en la sociedad de la Red. Pero también, en este preciso reencuentro con el silencio sonoro de la escucha, surge la experiencia íntima y personal que se llama oración, que no es otra cosa que entrar en comunicación con Dios.
El silencio no es sólo callar. No es pasividad, ni indiferencia o ausencia. No es un sedante psicológico. El silencio es presencia, acogida, atención, reflexión, resonancia, interiorización del Misterio, espacio de libertad para la actuación del Espíritu. Para descubrir la riqueza del silencio es necesario saber callar, saber escuchar, saber recogerse y hacer vacío, dejar que resuene interiormente la palabra escuchada o leída, la fascinante imagen visual o la misma plegaria de la comunidad.
Ahora bien, para orar no basta callar exteriormente. Es el silencio interior el que permite entrar en uno mismo, meditar, concentrarse, de modo que la voz del Espíritu pueda tener plena resonancia en nosotros. Es mayor estorbo el ruido interior que el exterior, porque sucede como al caminar: molestan más las piedras dentro del zapato que las del camino. ¿Qué es el silencio interior? Es un estado del alma que, de alguna manera, está emparentado con la relajación anímica que piden los maestros orientales de la meditación y con el silencio de los sentidos del que hablan los místicos. La autentica comunicación del predicador o del orante es cuando la palabra nace de lo profundo de uno mismo. Por ello, es necesario descender a un nivel bastante más serio que el de la mera formalidad exterior, que se contenta con repetir unas fórmulas.
Tener opiniones sobre algo, no es lo mismo que expresar un pensamiento que requiere la simbiosis de “silencio y palabra” de la que nos habla el Papa. Así como, decir “oraciones” no es lo mismo que “hacer oración”. Sólo al que sabe callar le es posible escuchar la voz del otro y entablar un diálogo auténtico. Moisés dijo al pueblo: “Guarda silencio y escucha, Israel: y escucharás la voz del Señor tu Dios” (Dt 27,9). Después del ajetreo de una salida apostólica, Jesús invitó a sus discípulos al retiro: “Venid, vosotros solos, aparte, a un lugar solitario, y tomad un poco de reposo” (Mc 6,31). De esta contemplación nace con toda su fuerza interior la urgencia de la misión, la necesidad imperiosa de “comunicar aquello que hemos visto y oído”, de que Dios es amor y nos envió su Palabra de amor y nos sostiene en su Espíritu de amor. ¡Esta es la gran Noticia que vence al mundo!