Palabras del Santo Padre en la actual celebración del Corpus Domini que en Buenos Aires se celebrará en procesión solemne el día sábado 25 de junio.
¡Queridos hermanos y hermanas!
La fiesta del Corpus Domini es inseparable a la del Jueves Santo, de la Misa de Caena Domini, en la que celebramos solemnemente la institución de la Eucaristía. Mientras que en la noche del Jueves Santo se revive el misterio de Cristo que se ofrece a nosotros en el pan partido o en el vino derramado, hoy, en la celebración del Corpus Domini, este misterio se ofrece a la adoración y a la meditación del Pueblo de Dios, y el Santísimo Sacramento es llevado en procesión por las calles de las ciudades y de los pueblos, para manifestar que Cristo resucitado camina en medio de nosotros y nos guía hacia el Reino de los Cielos.
Lo que Jesús nos ha dado en la intimidad del Cenáculo, hoy lo manifestamos abiertamente, porque el amor de Cristo no está reservado a algunos pocos, sino que está destinado a todos. En la Misa en Caena Domini del pasado Jueves Santo destaqué que en la Eucaristía sucede la transformación de los dones de esta tierra -el pan y el vino- con el fin de transformar nuestra vida e inaugurar así la transformación del mundo. Esta tarde quisiera retomar este perspectiva.
Todo parte, se podría decir, del corazón de Cristo, que en la Última Cena, en la vigilia de su pasión, agradeció y alabó a Dios y, de esta manera, con la potencia de su amor, transformó el sentido de la muerte a la que iba a enfrentarse. El hecho de que el Sacramento del altar haya asumido el nombre de “Eucaristía” -“acción de gracias”- expresa exactamente esto: que la transformación de la sustancia del pan y del vino en el Cuerpo y Sangre de Cristo, es fruto del don que Cristo ha hecho de sí mismo, don de un Amor más fuerte que la muerte, Amor Divino que lo ha hecho resucitar de entre los muertos. Esta es la razón por la que la Eucaristía es alimento de vida eterna, Pan de la vida. Del corazón de Cristo, desde su “oración eucarística” hasta la vigilia de la pasión, viene este dinamismo que transforma la realidad en sus dimensiones cósmicas, humanas e históricas. Todo procede de Dios, de la omnipotencia de su Amor Uno y Trino, encarnado en Jesús. En este Amor está inmerso el corazón de Cristo; por esto sabe agradecer y alabar a Dios incluso frente a la traición y a la violencia, y en este modo cambia las cosas, las personas y el mundo.
Esta transformación es posible gracias a una comunión más fuerte que la división, la comunión de Dios mismo. La palabra “comunión”, que nosotros usamos para designar la Eucaristía, reasume en sí mismo la dimensión vertical y la horizontal del don de Cristo. Es muy bella y elocuente la expresión “recibir la comunión” referida al hecho de comer el Pan eucarístico. En efecto, cuando realizamos este acto, entramos en comunión con la vida misma de Jesús, en el dinamismo de esta vida que se da a nosotros y por nosotros. Desde Dios, a través de Jesús, hasta llegar a nosotros: una única comunión se transmite en la Santa Eucaristía. Lo hemos escuchado hace poco, en la Segunda Lectura, de las palabras del apóstol Pablo dirigidas a los cristianos de Corinto: “ La copa de bendición que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la Sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo? Ya que hay un solo pan, todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo, porque participamos de ese único pan.(1 Cor 10,16-17).
San Agustín nos ayuda a comprender la dinámica de la comunión eucarística cuando hace referencia a una especie de visión que tuvo, en la que Jesús le dice: “Yo soy el alimento de los fuertes. Crece y me tendrás. Tú no me transformarás en ti, como el alimento del cuerpo, sino que será tú el transformado en mí” (Conf. VII, 10, 18). Mientras que el alimento corporal es asimilado por nuestro organismo y contribuye a su sustento, en el caso de la Eucaristía se trata de un Pan diferente: no somos nosotros los que lo asimilamos, sino que nos asimila a sí, así nos convertimos conforme a Jesucristo, miembros de su cuerpo, una sola cosa con Él. Esta fase es decisiva. De hecho, exactamente porque es Cristo el que, en la comunión eucarística, nos transforma a sí, nuestra individualidad , en este encuentro, se abre, liberada de su egocentrismo y inscrita en la Persona de Jesús, que a su vez está inmerso en la comunión trinitaria. Así la eucaristía, mientras que nos une a Cristo, nos abre a los demás, nos hace miembros los unos de los otros: ya no estamos divididos, sino que somo una sola cosa en Él. La comunión eucarística me une a la persona que tengo al lado, y con la que, quizás, ni siquiera tengo una buena relación, y también nos une a los hermanos que están lejos, en todas las partes del mundo. De aquí, de la Eucaristía, deriva, por tanto, el sentido profundo de la presencia social de la Iglesia, como testifican los grandes Santos sociales, que fueron siempre grandes almas eucarísticas. Quien reconoce a Jesús en la Hostia Santa, lo reconoce en el hermano que sufre, que tiene hambre y sed, que es forastero, desnudo, enfermo, encarcelado; y está atento a todas las personas, se compromete, de modo concreto, por todos los que tienen necesidad. Del don del amor de Cristo proviene, por tanto, nuestra especial responsabilidad de cristianos en la construcción de una sociedad solidaria, justa y fraterna. Especialmente en nuestra época, en la que la globalización nos hace, cada vez más, dependientes los unos de los otros, el Cristianismo puede y debe hacer que esta unidad no se construya sin Dios, es decir, si en el Verdadero Amor, lo que daría lugar a la confusión, al individualismo, y la opresión de todos contra todos. El Evangelio mira desde siempre a la unidad de la familia humana, una unidad no impuesta por las alturas, ni por intereses ideológico o económicos, sino a partir del sentido de responsabilidad de los unos hacia los otros, porque nos reconocemos miembros de un mismo cuerpo, del cuerpo de Cristo, porque hemos aprendido y aprendemos constantemente por el Sacramento del Altar que la comunión, el amor es la vía de la verdadera justicia.
Volvemos ahora al acto de Jesús en la Última Cena. ¿Qué sucedió en ese momento? Cuando Él dijo: Este es mi cuerpo que he dado por vosotros, esta es mi sangre derramada por vosotros y por todos los hombres, ¿Qué sucede? Jesús en este gesto anticipa el suceso del Calvario. Él acepta por amor toda la pasión, con su sufrimiento y su violencia, hasta la muerte de cruz; aceptándola de este modo, la transforma en una acto de donación. Esta es la transformación que el mundo necesita, porque lo redime desde el interior, lo abre a las dimensiones del Reino de los cielos.. Pero esta renovación del mundo, Dios quiere realizarla siempre a través de la misma vía seguida por Cristo, este camino, que es Él mismo. No hay nada de mágico en el Cristianismo. No hay atajos, sino que todo pasa a través de la lógica humilde y paciente de la semilla de grano que se parte para dar la vida, la lógica de la fe que mueve las montañas con el suave poder de Dios. Por esto quiere continuar renovando la humanidad, la historia y el cosmos, a través de esta cadena de transformaciones, de la que la Eucaristía es el sacramento. Mediante el pan y el vino consagrados, en los que están realmente presentes su Cuerpo y su Sangre, Cristo nos transforma, asimilándonos a Él: nos implica en su obra de redención, haciéndonos capaces, por la gracia del Espíritu Santo, de vivir según su misma lógica de donación, como semillas de grano unidos a Él y en Él. Así se siembran y van madurando en los surcos de la historia, la unidad y la paz, que son el fin al que tendemos, según el diseño de Dios.
Sin ilusiones, sin utopías ideológicas, nosotros caminamos por los caminos del mundo, llevando dentro de nosotros el Cuerpo del Señor, como la Virgen María en el misterio de la Visitación. Con la humildad de sabernos simples semillas de grano, custodiamos la firme certeza de que el amor de Dios, encarnado en Cristo, es más fuerte que el mal, que la violencia y que la muerte. Sabemos que Dios prepara para todos los hombres, cielos nuevos y tierra nueva, en la que reinan la paz y la justicia, y en la fe entrevemos el mundo nuevo, que es nuestra verdadera patria. También esta tarde, mientras se pone el sol sobre nuestra amada ciudad de Roma, nosotros nos ponemos en camino: con nosotros está Jesús Eucaristía, el Resucitado, que dijo “yo estaré siempre con vosotros hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). ¡Gracias, Señor Jesús! Gracias por tu fidelidad, que sostiene nuestra esperanza. Quédate con nosotros, porque se hace de noche. “Buen Pastor, verdadero Pan, ¡Oh Jesús! ¡Piedad de nosotros; aliméntanos, defiéndenos, llévanos a los bienes eternos, en la tierra de los vivos! Amén.
viernes, 24 de junio de 2011
viernes, 20 de mayo de 2011
El Camino del Peregrino
"Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí”. Juan 14,1-6.
A continuación transcribo parte de la homilía de monseñor Jesús Sanz Montes, ofm arzobispo de Oviedo:
“Toda la vida del Señor, fue una manifestación maravillosa de cómo llegar hasta Dios, cómo entrar en su Casa y habitar en su Hogar.
La Persona de Jesús es el icono, la imagen visible del Padre invisible. Y esto es lo que tan provocatorio resultaba a unos y a otros: que pudiera uno allegarse hasta Dios sin alarde de estrategias complicadas, sin exhibición de poderíos, sin arrogancias sabihondas: que Dios fuera tan accesible, que se pudiera llegar a El por caminos en los que podían andar los pequeños, los enfermos, los pobres, los pecadores... Y esto será en definitiva lo que le costará la vida a Jesús.
Ya no es un Rostro tremendo el de Dios, que provoca el miedo o acorrala en una virtud hija de la amenaza y de la mordaza. Ya no es un Rostro tremendo el de Dios, que provoca el miedo o acorrala. Quien cree en Jesús, cree en su Padre. El camino de Jesús, es el camino de la bienaventuranza, el de la verdad, el de la justicia, el de la misericordia y la ternura. Pero tal revelación no se reduce a un manifestar imposibles que nos dejarían tristes por su inalcanzabilidad. Jesús no sólo es el Camino, sino también el Caminante, el que se ha puesto a andar nuestra peregrinación por la vida, vivirlo todo, hasta haberse hecho muerte y dolor abandonado.
Jesús no se limitó a señalarnos “otro camino” sino que nos abrazó en el suyo, y en ese abrazo nos posibilitó andar en bienaventuranzas, en perdón y paz, en luz y verdad, en gracia. El es Camino y Caminante... más grande que todos nuestros tropiezos y caídas, mayor que nuestras muertes y pecados. Los cristianos no somos gente diferente, ni tenemos exención fiscal para la salvación, sino que en medio de nuestras caídas y dificultades, en medio de nuestros errores e incoherencias, queremos caminar por este Camino, adherirnos a esta Verdad, y con-vivir en esta Vida: la de Quien nos abrió el hogar del Padre haciendo de nuestra vida un hogar en la que somos hijos ante Dios y hermanos entre nosotros”.
viernes, 6 de mayo de 2011
El niño peregrino
"Aquí hay un niño que tiene cinco panes de cebada y dos pescados, pero ¿qué es esto para tanta gente?". Juan 6,1-15 (Lectura del día)
En el episodio narrado por Juan, acerca de la multiplicación de los panes, mucho se ha pensado y dicho, al punto de que es casi imposible ser original en la meditación, aún cuando el relato por sí mismo presente multitud de facetas.
Sin embargo, nunca he escuchado o leído una meditación centrada en el niño poseedor de los cinco panes.
Evidentemente, este niño no era un niño cualquiera, pues se encontraba en un descampado, lejos de su casa, y pertrechado para lo que pudiera venir. Es decir, tenía comida.
Estuviera solo o en familia, este niño era un niño peregrino.
Había marchado a escuchar y ver a Nuestro Señor, con el corazón henchido por lo que otros, más grandes que él, no pudieron ver: el Mesías en carne y hueso, y aunque no lo entendiera, el Verbo hecho carne.
Este niño peregrino era, evidentemente , prudente, ya que tenía aquello de lo cual la multitud carecía.
Pero era también, como todo niño, inocente, no ingenuo, ya que su gesto de deprendimiento tiene no solamente el mérito de dar de lo suyo, sino la inocencia de dar todo, aunque fuera poco, poquísimo para semejante multitud.
Quiero imaginarme a este pequeño peregrino como alguien que fue capaz de depositar toda su confianza en Jesús, sin importar cuánto era lo que daba. En realidad, como daba todo, su gesto superaba con largueza cualquier número.
La lección del pequeño peregrino:
En pocas palabras, algunas virtudes que cualquier peregrino puede aplicar con provecho haciéndose como aquel niño:
- Humildad. Nótese que el pequeño no se dirije directamente a Nuestro Señor, aunque por su cercanía podría haberlo hecho. Elije un Mediador: Andrés.
- Desprendimiento. Si bien él estaba bien pertrechado, ofreció darlo todo, a cambio de nada.
- Confianza. Desde luego, él no sabía lo que iba a ocurrir y cómo se multiplicaría su comida, sin embargo confió ciegamente en Jesús.
- Amor desinteresado por Nuestro Señor y por toda aquella gente carente de un pedazo de pan. Seguramente, como niño peregrino, lejos estaba en su mente respecto del Señor, lo que luego pretendió la multitud: hacerlo rey.
miércoles, 20 de abril de 2011
viernes, 1 de abril de 2011
Cuarenta días
Estamos viviendo el tiempo litúrgico de Cuaresma. Cuarenta días con un significado especial, que nos llevarán paso a paso desde el miércoles de ceniza hasta el jueves santo, para desembocar en otro tiempo: el Triduo Pascual: Viernes Santo, Sábado de Gloria y Domingo de Resurrección del Señor. La Pascua.
Probablemente ya hemos vivido, a lo largo de los años, muchas cuaresmas, algunas mejor aprovechadas, otras quizás ignoradas.
Pero estoy seguro que a la mayoría de nosotros, peregrinos, se nos ha pasado por alto preguntarnos: ¿y porqué cuarenta días? ¿es este solamente un tiempo arbitrario que nos acerca poco a poco a la Pasión, muerte y Resurrección del Señor?
El significado del número 40 en la Biblia
En la Biblia, el número cuatro simboliza el universo material, que seguido de ceros significa un tiempo de nuestra vida en la tierra (individual o colectiva), seguido de pruebas y dificultades que culminan generalmente en un logro o en una resolución de acuerdo a la voluntad de Dios.
Cuarenta es el número de la prueba, examen y ensayo. Su significado se ilustra claramente en la vida de Moisés, el libertador y caudillo de Israel. Pasó 40 años en Egipto, 40 años con las ovejas de Jetro en el desierto y 40 años en el servicio de Dios. Ocupó 40 años en desarrollar sus capacidades naturales, 40 años en aprender su incapacidad y 40 años para aprender que Dios es Todopoderoso.
Al rey Saúl, Dios le concedió 40 años para probar que era digno de ser el escogido de Israel, y en estos años pecó contra todos: Samuel, David, Jonatán y aún contra Dios y su Palabra.
En el Libro del Génesis 7,12 también se narra el número de otra prueba: el Diluvio Universal. Llovió 40 días y 40 noches sobre la tierra. Dios juzgó la tierra y probó a Noé.
En el Ex. 24,18, Moisés estuvo en el monte Sinaí 40 días y 40 noches para recibir la Ley.
Jonas entró en Nínive pregonando: «De aquí a cuarenta días Nínive será destruida».
Por último, Nuestro Señor Jesús, el Cristo, fue llevado por el Espíritu al desierto por 40 días en los cuales ayunó y oró, y luego fue tentado por el demonio, el adversario. Estuvo 40 días con sus discípulos en la tierra después de Su resurrección. Y 40 años después de su crucifixión sucedió la destrucción de Jerusalén.
Todo lo antedicho demuestra claramente la intencionalidad de este número. Cuarenta en definitiva significa el paso de la esclavitud a la libertad, mediante la purificación, o el fracaso de quien lo experimenta, como el rey Saúl.
Un puente de plata entre dos mundos
Siempre he pensado que Dios, al crear al hombre, no sólo lo hizo como un individuo con un componenete material y otro espiritual, vinculados misteriosamente por sus designios. (Esto sin duda lo explica mucho mejor el Doctor Angélico), sino que dicha vinculación también significa una puerta que se abre en dos sentidos, de un mundo al otro, o para utilizar una metáfora mejor aún, el hombre, desde este punto de vista, no es ni más ni menos que un puente de plata, un camino de ida y vuelta entre el espíritu y la materia, con efectos claros y palpables en el resto de la creación.
Esto se condice totalmente con su rol primigenio de señor de lo creado, a quien Dios le ordena poner un nombre a cada cosa, para denotar la sujección a esta nueva criatura.
Que la Cuaresma comience con un núero 4 significando lo material y acabe representando no sólo la epopeya de un pueblo que sale de la esclavitud hacia la libertad, sino que en el camino debe purificarse con numerosas pruebas espirituales además de materiales; la primera de ellas la Fe o la falta de ella, no es casualidad.
El camino del peregrino en Cuaresma.
La Cuaresma para el peregrino comienza aligerando las alforjas: ayuno, abstinencia y mortificación, no son palabras medioevales sino actitudes concretas para quien quiera templar su alma y volar. Así pues, el peregrino deberá viajar aún más ligero que de costumbre.
Lo segundo que con-viene es la conversión. Seguramente me dirán: ¡pero yo soy un converso! Pero la conversión para el peregrino nunca se termina, mientras mantenga su condición de tal. Recién en el triunfo final, adonde acaban todos los caminos ya no habrá necesidad – ni posibilidad- de convertirse.
Lo tercero y principal consiste -no en recordar- sino en vivir el primer mandamiento (Deut 6, 4). Sabiendo que con nada podremos pagar la deuda de amor que tenemos con Él, no nos queda sino abajarnos, adorar Sus juicios y correponderle con nuestras pequeñas y mezquinas almas de peregrinos. Entregarlas enteras, sin retacear siquiera un rincón oscuro.
Por último, la práctica del segundo mandamiento: amar a nuestro prójimo como Él nos amó.
Esto significa para el peregrino: tener entrañas de misericordia para toda miseria humana, amar al que se nos presente en el camino sin esperar recompensa, solamente por amor a Dios, sea este de cualquier condición: peregrino, ateo, anarquista, judío, musulmán o simplemente un ratón gris de ciudad.
He aquí las estaciones -como un via crucis- del camino que transitamos en Cuaresma.
Si caminamos cumpliendo nuestro derrotero, haciendo lo que debemos – que al fin y al cabo en esto consiste la libertad moral- llegaremos por fin al tránsito, al pessaj, al pasaje. ¡A la Pascua de Resurrección!
Moriremos y resucitaremos con Cristo hasta el año próximo. O hasta que Él vuelva.
¡Maran atha!
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