Luego de que el Santo Padre renunciara al ministerio petrino, dijo claramente: "ahora soy un peregrino más".
Querido Papa Emérito: no eres un peregrino cualquiera.
Aunque hayas tomado un recodo del camino y no te veamos más caminar delante nuestro hacia la Tierra de los Vivientes; aunque extrañemos enormemente tu figura frágil y tu voluntad de hierro, no, no lo eres.
Aunque ya no tengamos la oportunidad de orientarnos mediante tu discernimiento de teólogo eminente, y ya no experimentemos la cotidiana humildad que trasuntaban todos los actos de tu pontificado, nos queda la luz que proyecta la lámpara de tus escritos, de tus discursos, de tus inspirados libros acerca de Nuestro Señor Jesucristo.
Y por cierto, desde el resto de tu terrena peregrinación, nos queda el recurso poderoso de tu oración constante por la Iglesia, haciendo crecer el Reino de Dios entre nosotros.
Adiós, peregrino: llevas intacta en esta etapa final de tu camino tu nombre, tu honra y tu esperanza.
Sin duda al término de tu peregrinar te espera nuestra Madre para conducirte a los pies del Señor y entregarte la eterna corona de los justos.
martes, 5 de marzo de 2013
domingo, 6 de enero de 2013
Noche de Epifanía
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De San Juan Crisóstomo (c.345- 407), presbítero en Antioquia, obispo de Constantinopla, doctor de la Iglesia, Padre de la Iglesia Oriental
Siendo
Peregrinos, sigamos a los magos
Levantémonos,
siguiendo el ejemplo de los magos. Dejemos que el mundo se
desconcierte; nosotros corramos hacia dónde está el niño. Que los
reyes y los pueblos, que los crueles tiranos se esfuercen en embarrarnos
el camino, poco importa. No dejemos que se enfríe nuestro ardor.
Venzamos todos los males que nos acechan. Si los magos no hubiesen
visto al niño no habrían podido escaparse de las amenazas del rey
Herodes. Antes de poder contemplarlo, llenos de gozo, tuvieron que
vencer el miedo, los peligros, las turbaciones. Después de adorar al
niño, la calma y la seguridad colmaron sus almas...
¡Dejad, pues, vosotros también, la ciudad sumida en el desorden, dejad al déspota comido por la crueldad, dejad las riquezas del mundo, y venid a Belén, la casa del pan espiritual! Si sois pastores, venid y veréis al niño en el establo. Si sois reyes y no venís, vuestra púrpura no os servirá de nada. Si sois magos, no importa, no es impedimento con tal que vengáis para presentar vuestra veneración y no para aplastar al Hijo del Hombre. Acercaos con espanto y alegría, dos sentimientos que no se excluyen...
¡Postrándonos, soltemos lo que retienen nuestras manos! Si tenemos oro, entreguémoslo sin demora, no rehuyamos darlo...Unos extranjeros emprendieron un tan largo viaje para contemplar a este niño recién nacido. ¿Qué excusa tenéis para vuestra conducta, vosotros, que os echáis atrás ante el corto camino de ir a visitar al enfermo a al prisionero? Ellos ofrecieron oro. Vosotros dais pan con harta tacañería. Ellos vieron la estrella y su corazón se llenó de alegría. Vosotros veis a Cristo en una tierra extranjera, desnudo ¿y no os conmueve?
¡Dejad, pues, vosotros también, la ciudad sumida en el desorden, dejad al déspota comido por la crueldad, dejad las riquezas del mundo, y venid a Belén, la casa del pan espiritual! Si sois pastores, venid y veréis al niño en el establo. Si sois reyes y no venís, vuestra púrpura no os servirá de nada. Si sois magos, no importa, no es impedimento con tal que vengáis para presentar vuestra veneración y no para aplastar al Hijo del Hombre. Acercaos con espanto y alegría, dos sentimientos que no se excluyen...
¡Postrándonos, soltemos lo que retienen nuestras manos! Si tenemos oro, entreguémoslo sin demora, no rehuyamos darlo...Unos extranjeros emprendieron un tan largo viaje para contemplar a este niño recién nacido. ¿Qué excusa tenéis para vuestra conducta, vosotros, que os echáis atrás ante el corto camino de ir a visitar al enfermo a al prisionero? Ellos ofrecieron oro. Vosotros dais pan con harta tacañería. Ellos vieron la estrella y su corazón se llenó de alegría. Vosotros veis a Cristo en una tierra extranjera, desnudo ¿y no os conmueve?
De San Juan Crisóstomo (c.345- 407), presbítero en Antioquia, obispo de Constantinopla, doctor de la Iglesia, Padre de la Iglesia Oriental
viernes, 19 de octubre de 2012
lunes, 17 de septiembre de 2012
Un peregrino falsario
Visitó la Argentina Sri Sri Ravi Shankar, quien además de llevarse $20 millones, agravió gratuitamente a la Iglesia Católica y nos enseñó a respirar para conectarnos con nosotros mismos.
El arzobispo de La Plata y
miembro de la Academia Nacional de Ciencias Sociales y Políticas,
monseñor Héctor Aguer, se refirió en su ya acostumbrada reflexión
semanal a “La meditación cristiana y la otra”.
“Un notable pensador del siglo XX -comenzó diciendo-, el doctor Viktor Frankl, psiquiatra, creador de la Logoterapia, planteó que el problema principal del hombre contemporáneo, el hombre de su siglo y del nuestro, es el vacío existencial. Sostenía, por tanto, que la cuestión fundamental de nuestra cultura es la pérdida del sentido, el sentido de la vida humana, el sentido de nuestro origen y de nuestro fin. Especialmente el doctor Frankl planteaba la necesidad de nuestra relación con el fundamento trascendente, que otorga sentido a todo lo que existe”.
Comentó que “si ese es un dato de la cultura contemporánea, hay que notar también que existe un dato paralelo: el intento de escapar por la tangente –digamos así- y de colmar ese vacío mediante la búsqueda de religiones alternativas y de una espiritualidad vaga, genérica, que podríamos calificar de light”.
Y añadió que “el ideal sería sentirse bien”, porque “el ansia de felicidad del hombre tiene que ver con la colmación de un vacío existencial, con el hallazgo del verdadero sentido de la vida; no se reduce al sentirse bien. Para asegurar la percepción subjetiva de sentirse bien se difunde una especie de religión alternativa, una vaga espiritualidad, sin verdades dogmáticas, sin preceptos morales, sin culto, sin la referencia a Dios, a un Dios personal”.
Advirtió que “como alternativa de la fe y de una religiosidad digna de ese nombre, esa propuesta pseudoespiritual adopta distintos tipos de prácticas” y que “la más difundida y la más light de todas es una cierta versión de la meditación que consistiría en una técnica psicofísica de respiración, con la que ya se llegaría al estado de plenitud, a ese sentirse bien que es lo que busca el hombre agitado y consumista de la gran ciudad, que impone a sus habitantes un ritmo de vida vertiginoso y que no deja pensar”.
“En realidad, ese ejercicio no conecta con nada ni con nadie. A no ser con el mismo sujeto. En todo caso consiste en un mirarse espiritualmente el ombligo, para decirlo de una manera grotesca”.
“Además quiero explicar rápidamente que esa respiración presuntamente meditativa no tiene nada que ver con la meditación cristiana. Meditación es un término clásico de la espiritualidad cristiana y esa realidad es el momento clave podríamos decir, en el camino de la oración. El camino de la oración comienza con la escucha de la Palabra de Dios, con su lectura hecha con fe, como un medio de la búsqueda de Dios. Muchos cristianos practican frecuentemente la lectio, una lectura orante de la Palabra de Dios”.
“La meditación consiste en confrontar la Palabra de Dios con la propia vida para dejarse interpelar por esa Palabra de Dios y para responder a ella con la adhesión de fe. En ese sentido, la meditación es el momento clave y central porque nos encamina a la contemplación, es decir, a la oración entendida como comunión con Dios, con un Dios personal que es Padre, Hijo y Espíritu Santo”.
“La meditación cristiana no es un camino solipsista, de aislamiento, alternativo de la pertenencia a la comunidad de los creyentes, a la Iglesia. Tampoco reemplaza al culto, a los sacramentos, sino que al contrario, la oración y la meditación se alimentan en los sacramentos de la Iglesia. No se trata de un proceso meramente natural, de técnicas físicas o psíquicas, sino que se vincula íntimamente con nuestra condición de bautizados y con el crecimiento en nosotros de la gracia de Dios, con el avance en el camino de la comunión con Dios”, puntualizó monseñor Aguer.
Y afirmó que “la espiritualidad, en sentido cristiano, no es un fenómeno simplemente natural; tiene que ver con el Espíritu Santo, con la comunicación a nosotros de la vida de Dios por la gracia y por los dones del Espíritu Santo. Es el Espíritu Santo quien nos hace reconocer a Jesús como Señor, como Dios verdadero, como centro de toda nuestra vida y el que nos encamina al Padre. De hecho podemos llamar a Dios Padre porque tenemos el Espíritu del Padre y del Hijo”.
“Allí está la verdadera espiritualidad, la fuente de una meditación en serio cuyo objetivo no es simplemente sentirse bien, ni mirarse uno mismo y adoptarse a uno mismo como referencia absoluta de la vida, sino entrar en comunión con Dios. Allí, entonces sí nos encaminamos hacia la recuperación del sentido, la colmación del vacío existencial. Ese es el camino que no excluye la cruz, pero que nos orienta a la verdadera felicidad”, concluyó.+
“Un notable pensador del siglo XX -comenzó diciendo-, el doctor Viktor Frankl, psiquiatra, creador de la Logoterapia, planteó que el problema principal del hombre contemporáneo, el hombre de su siglo y del nuestro, es el vacío existencial. Sostenía, por tanto, que la cuestión fundamental de nuestra cultura es la pérdida del sentido, el sentido de la vida humana, el sentido de nuestro origen y de nuestro fin. Especialmente el doctor Frankl planteaba la necesidad de nuestra relación con el fundamento trascendente, que otorga sentido a todo lo que existe”.
Comentó que “si ese es un dato de la cultura contemporánea, hay que notar también que existe un dato paralelo: el intento de escapar por la tangente –digamos así- y de colmar ese vacío mediante la búsqueda de religiones alternativas y de una espiritualidad vaga, genérica, que podríamos calificar de light”.
Y añadió que “el ideal sería sentirse bien”, porque “el ansia de felicidad del hombre tiene que ver con la colmación de un vacío existencial, con el hallazgo del verdadero sentido de la vida; no se reduce al sentirse bien. Para asegurar la percepción subjetiva de sentirse bien se difunde una especie de religión alternativa, una vaga espiritualidad, sin verdades dogmáticas, sin preceptos morales, sin culto, sin la referencia a Dios, a un Dios personal”.
Advirtió que “como alternativa de la fe y de una religiosidad digna de ese nombre, esa propuesta pseudoespiritual adopta distintos tipos de prácticas” y que “la más difundida y la más light de todas es una cierta versión de la meditación que consistiría en una técnica psicofísica de respiración, con la que ya se llegaría al estado de plenitud, a ese sentirse bien que es lo que busca el hombre agitado y consumista de la gran ciudad, que impone a sus habitantes un ritmo de vida vertiginoso y que no deja pensar”.
“En realidad, ese ejercicio no conecta con nada ni con nadie. A no ser con el mismo sujeto. En todo caso consiste en un mirarse espiritualmente el ombligo, para decirlo de una manera grotesca”.
“Además quiero explicar rápidamente que esa respiración presuntamente meditativa no tiene nada que ver con la meditación cristiana. Meditación es un término clásico de la espiritualidad cristiana y esa realidad es el momento clave podríamos decir, en el camino de la oración. El camino de la oración comienza con la escucha de la Palabra de Dios, con su lectura hecha con fe, como un medio de la búsqueda de Dios. Muchos cristianos practican frecuentemente la lectio, una lectura orante de la Palabra de Dios”.
“La meditación consiste en confrontar la Palabra de Dios con la propia vida para dejarse interpelar por esa Palabra de Dios y para responder a ella con la adhesión de fe. En ese sentido, la meditación es el momento clave y central porque nos encamina a la contemplación, es decir, a la oración entendida como comunión con Dios, con un Dios personal que es Padre, Hijo y Espíritu Santo”.
“La meditación cristiana no es un camino solipsista, de aislamiento, alternativo de la pertenencia a la comunidad de los creyentes, a la Iglesia. Tampoco reemplaza al culto, a los sacramentos, sino que al contrario, la oración y la meditación se alimentan en los sacramentos de la Iglesia. No se trata de un proceso meramente natural, de técnicas físicas o psíquicas, sino que se vincula íntimamente con nuestra condición de bautizados y con el crecimiento en nosotros de la gracia de Dios, con el avance en el camino de la comunión con Dios”, puntualizó monseñor Aguer.
Y afirmó que “la espiritualidad, en sentido cristiano, no es un fenómeno simplemente natural; tiene que ver con el Espíritu Santo, con la comunicación a nosotros de la vida de Dios por la gracia y por los dones del Espíritu Santo. Es el Espíritu Santo quien nos hace reconocer a Jesús como Señor, como Dios verdadero, como centro de toda nuestra vida y el que nos encamina al Padre. De hecho podemos llamar a Dios Padre porque tenemos el Espíritu del Padre y del Hijo”.
“Allí está la verdadera espiritualidad, la fuente de una meditación en serio cuyo objetivo no es simplemente sentirse bien, ni mirarse uno mismo y adoptarse a uno mismo como referencia absoluta de la vida, sino entrar en comunión con Dios. Allí, entonces sí nos encaminamos hacia la recuperación del sentido, la colmación del vacío existencial. Ese es el camino que no excluye la cruz, pero que nos orienta a la verdadera felicidad”, concluyó.+
sábado, 7 de julio de 2012
Tres peregrinos sedentes
Un
día, un peregrino avanzaba por un sendero muy parecido al que
muestra la foto que encabeza este blog.
A
pesar de ser un hombre avezado en el Camino, y haber superado noches
negras, silencios sin respuestas aparentes, tormentas espirituales,
tentaciones, el peregrino no pudo menos que sorprenderse al encontrar
-en fila- a lo largo de cortos trechos, tres peregrinos sentados en
sendas piedras planas, que parecían puestas allí ad hoc.
La
característica del verdadero peregrino es la marcha. A pesar de ello,
quizás, por la sorpresa y la curiosidad que le suscitaron los tres personajes, hizo que el viajero
detuviera por un momento su andar y se dirigiera al primer sedente.
Pensaba además que quizás necesitaban ayuda.
-Buenos
días, dijo, en tono amistoso: ¿acaso puedo ayudarte en algo?
El
otro contestó con voz rasposa:
-No
puedes ayudarme en nada. El camino ya no tiene sentido para mí, pues
he perdido la Fe. Creo que no llegaré nunca a nada, por más que me
esfuerce.
¿Qué
decir a una persona que brinda semejante respuesta? El caminante
contestó “oraré para que el Espíritu Santo te otorgue el don de
la Fe” Y se alejó, entristecido.
A
poco de andar, se encontró con el segundo sedente. Al repetirle la
pregunta efectuada al primer hombre sentado, este contestó:
-No
puedes ayudarme en nada. Yo no he perdido mi Fe, y creo firmemente
con mi inteligencia en las enseñanzas recibidas. Pero he encontrado
que la Fe que me ha sido dada por los sacramentos ha perdido su
eficacia. No llegaré a ninguna parte.
El
caminante se lamentó en alta voz con su interlocutor,
solidarizándose con su desgracia, y le dijo:
-Oraré
para que tu Fe vuelva a vivir en ti.
Y
prosiguió su camino.
Al
encontrarse con el tercer sedente, le efectuó la misma pregunta que
a los anteriores. El hombre le contestó:
-Mi
corazón se ha secado. Ya no siento nada, y el Camino ha dejado de
tener sentido. Creo que moriré aquí sentado.
El
Caminante Peregrino también se solidarizó con él, y le dijo:
-Que
el Corazón de Jesús en quien confío, te otorgue una llama de su
amor.
El
Caminante se alejó, entristecido por sus hermanos peregrinos que
habían quedado en el Camino, y reflexionando sobre lo visto y
vivido.
Tanto
oró, y tanto reflexionó sobre estos tres hombres sedentes, que la
anécdota se transformó en una historia que nuestro caminante
peregrino se encargó de transmitir de boca a boca a cuantos otros se
cruzaba en el sendero.
Para
cuando llegó a mí, ya tenía moraleja, y
es esta:
La
responsabilidad de los tres era evidente, pues Cristo nos exige una
disposición interior para poder obrar. Esta disposición interior
comienza con la humildad (Mat.
8:5-13). Este es el elemento
común a los tres personajes.
Respecto
del primero, la Fe no es una “cosa” que se extravía, es un don
que se cultiva e incrementa por la oración, por las obras de piedad
y misericordia.
Quizás
el obstáculo principal para conservarla es no considerar a ella
un tesoro precioso, digno de cualquier sacrificio, hasta el martirio.
Para
algunos es simplemente un supuesto de vida, algo que está allí y
que no hace falta cuidar. Parecieran creer que la Fe se ocupa de sí
misma.
Para
mantener la Fe es necesaria la asiduidad con
la Eucaristía y una necesidad de reparación continua al Corazón
amantísimo de Jesús, que supone penitencia y amor de nuestra parte.
El
segundo sedente aparentemente
piensa
que la Fe ha perdido su eficacia. Esto ocurre a menudo, cuando la Fe
se intelectualiza de tal forma que ya se ve transformada en un mero
conocimiento. No
es que ha perdido su eficacia: es
que no es fe. ¡Cuántos miembros de la Iglesia entran en esta
categoría!
El
mejor de los teólogos puede carecer de Fe. Ya lo dice la Escritura:
Destruiré
la sabiduría de los sabios y rechazaré la ciencia de los
inteligentes (Is. 29,14).
El
presupuesto de la Fe verdadera es que la misma de por sí es
indemostrable: se cree o no se cree. No obstante, puede acrecentarse
por el estudio de la Escrituras y su reflexión sistemática, a
condición de no ser transformada en “ciencia”.
Quizás
el drama del tercer sedente es el mayor: “mi corazón se ha
secado”, dice.
Ya no cree con el corazón, el órgano por excelencia del hombre
religioso.
Existen
varias respuestas al resecamiento
del corazón, pero
la principal razón de este fenómeno es el egoísmo.
Sin
darse cuenta, en su corazón Cristo ha dejado de ocupar el lugar
principal. Su egoísmo lo ha llevado a ser él el protagonista de su
historia. Es un ser auto suficiente, donde no se da el milagro de la
Eucaristía: ser cada vez menos “nosotros”, y cada día más Él.
Es
un pobre hombre a la deriva, que con frecuencia busca otros afectos
relacionados consigo mismo, para auto satisfacerse. Mientras tanto,
se da cuenta que cada vez puede amar menos, hasta que deja de
importarle.
De
ahí que se deje morir en el Camino. Ese sector del Camino, es todo
lo que puede ver y
todo lo que le queda.
Para él la realidad comienza y termina hasta donde alcanza su corta
vista.
Se
han
olvidado del salmo: (27:4-13)
In te Domine speravi.
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