sábado, 7 de abril de 2012
miércoles, 15 de febrero de 2012
El Peregrino ciego
Evangelio según San Marcos 8,22-26.
Este pasaje de la Buena Nueva nos muestra a Jesús, nuevamente, curando a un ciego.
La exégesis tradicional – y con razón- enseña que las curaciones de Jesús en los Evangelios se refieren frecuentemente a privaciones de los sentidos: los mudos hablan, los ciegos ven, como una referencia directa al estado de integridad perdido por Adán y Eva luego del pecado original, y que Cristo -nuevo Adán- viene a restaurar.
La intención de este post, es agregar un nuevo tema de meditación, contemplando la misma narración desde la óptica del Peregrino.
Dice el texto que: “(Jesús) tomó al ciego de la mano y lo condujo a las afueras del pueblo”
En este sencillo gesto, es posible distinguir por parte del ciego dos actitudes: en primer lugar, se dejó tomar de la mano confiadamente por el Maestro (tenía la Fe que Dios pide a todo aquel que va a recibir de Él una gracia especial), aún cuando no sabía dónde lo conducía. En segundo lugar, (fundamental desde la óptica del Peregrino), se puso en marcha.
¿No es esta la mejor actitud de un aspirante a peregrino? Dejarse llevar por la mano de Jesús, aunque no sepa dónde va.
Luego, el Maestro le devuelve la vista y lo envía a su casa. Devolverle la vista a un peregrino equivale a abrir para él un mundo nuevo, un mundo donde cualquier viajero pueda ver y encontrar su camino.
Por último, le indica que no vuelva a Betsaida. Y esto tiene una doble lectura: pues esta ciudad se caracterizaba por su poca fe: Mateo 11:21 y Lucas 10:13 (οὐαί σοι, Χοραζίν, οὐαί σοι, Βηθσαΐδά). Pero como indicación directa a un peregrino, el mensaje es más que claro: ¡peregrino, no vuelvas al punto de partida!
Espero que esta pequeña reflexión pueda constituirse en el germen de una pedagogía mayor sobre el peregrinaje espiritual.
AMDG
viernes, 27 de enero de 2012
Voz del Silencio
El camino del peregrino es un camino de silencio: ¿cómo anunciar al mismo tiempo la Buena Nueva?
A continuación, una reflexión del Arzopbispo Castrense de España, monseñor Juan del Río Martín:
Nos
encontramos en la “contracultura del ruido”: el silencio se ha
convertido en un bien escaso, costoso y poco apreciado. Benedicto XVI
nos sorprendió en el día de san Francisco de Sales, patrón de los
periodistas, con un original mensaje para la Jornada Mundial de las
Comunicaciones, donde pone de manifiesto que los nuevos
evangelizadores serán buenos comunicadores si saben integrar
“silencio y palabra” como elementos integrantes y necesarios en
el anuncio de la Buena Noticia en la actual cultura mediática.
La
comunicación moderna está saturada de verborrea. En las
innumerables tertulias sobre cualquier tema, los participantes se
pisan unos a otros en el tomar la palabra, la fragmentación del
discurso es patente, y la síntesis final es difícil de hacer o no
interesa a nadie. Como dice el Papa: “el hombre no puede quedar
satisfecho con un sencillo y tolerante intercambio de opiniones
escépticas y de experiencia de vida”. El cruce de opiniones debe
estar motivado por la búsqueda de la verdad y ello exige el silencio
para discernir lo que es importante de lo que es inútil y
superficial. “Por esto, es necesario crear un ambiente propicio,
casi una especie de ecosistema que
sepa equilibrar silencio, palabra, imágenes y sonidos”.
Eso
mismo es necesario recuperarlo a nivel religioso y litúrgico donde
digamos que “el micro” lo invade todo, ahogando la participación
personal y profunda de cada uno. ¿No se habrá olvidado que el
Concilio nos dice que el silencio es parte de la celebración (SC
30)? A veces, el mismo silencio es la mejor oración y el discurso
más elocuente. Precisamente, la comunicación más válida surge
desde el silencio.
El
silencio es concentración, inmersión en sí mismo, unificación de
todos los niveles del ser, porque desde la dispersión de la propia
persona no se puede decir nada que valga la pena. Hay un silencio
vacío que dice ignorancia, aburrimiento, apatía, miedo, cobardía...
Y hay un silencio fecundo que proclama presencia, apertura, paz,
maduración, espera. De ahí, brota la verdadera comunicación tan
necesaria en la sociedad de la Red. Pero también, en este preciso
reencuentro con el silencio sonoro de la escucha, surge la
experiencia íntima y personal que se llama oración, que no es otra
cosa que entrar en comunicación con Dios.
El
silencio no es sólo callar. No es pasividad, ni indiferencia o
ausencia. No es un sedante psicológico. El silencio es presencia,
acogida, atención, reflexión, resonancia, interiorización del
Misterio, espacio de libertad para la actuación del Espíritu. Para
descubrir la riqueza del silencio es necesario saber callar, saber
escuchar, saber recogerse y hacer vacío, dejar que resuene
interiormente la palabra escuchada o leída, la fascinante imagen
visual o la misma plegaria de la comunidad.
Ahora
bien, para orar no basta callar exteriormente. Es el silencio
interior el que permite entrar en uno mismo, meditar, concentrarse,
de modo que la voz del Espíritu pueda tener plena resonancia en
nosotros. Es mayor estorbo el ruido interior que el exterior, porque
sucede como al caminar: molestan más las piedras dentro del zapato
que las del camino. ¿Qué es el silencio interior? Es un estado del
alma que, de alguna manera, está emparentado con la relajación
anímica que piden los maestros orientales de la meditación y con el
silencio de los sentidos del que hablan los místicos. La autentica
comunicación del predicador o del orante es cuando la palabra nace
de lo profundo de uno mismo. Por ello, es necesario descender a un
nivel bastante más serio que el de la mera formalidad exterior, que
se contenta con repetir unas fórmulas.
Tener
opiniones sobre algo, no es lo mismo que expresar un pensamiento que
requiere la simbiosis de “silencio y palabra” de la que nos habla
el Papa. Así como, decir “oraciones” no es lo mismo que “hacer
oración”. Sólo al que sabe callar le es posible escuchar la voz
del otro y entablar un diálogo auténtico. Moisés dijo al pueblo:
“Guarda silencio y escucha, Israel: y escucharás la voz del Señor
tu Dios” (Dt 27,9). Después del ajetreo de una salida apostólica,
Jesús invitó a sus discípulos al retiro: “Venid, vosotros solos,
aparte, a un lugar solitario, y tomad un poco de reposo” (Mc 6,31).
De esta contemplación nace con toda su fuerza interior la urgencia
de la misión, la necesidad imperiosa de “comunicar aquello que
hemos visto y oído”, de que Dios es amor y nos envió su Palabra
de amor y nos sostiene en su Espíritu de amor. ¡Esta es la gran
Noticia que vence al mundo!
viernes, 30 de diciembre de 2011
Epifanía: Los primeros Peregrinos
Canto de peregrinación: ¡Feliz el que teme al Señor y sigue sus caminos! Sal 128
Dentro del tiempo fuerte que es la Natividad, en la escena de la Epifanía, pareciera que las figuras principales son las de los Reyes Magos -también conocidos como los Magos de Oriente - nombre por el que tradicionalmente se denomina a los tres visitantes que, tras el nacimiento del Niño Jesús, acudieron para rendirle homenaje y entregarle regalos de gran riqueza simbólica: oro, incienso y mirra.
El nombre de magos proviene del latín "Magi" y éste del griego "μάγοι" que hace alusión a hombres sabios. Este término, sin tener el mismo significado que el actual, era un título que se le daba a las castas sacerdotales del zoroastrismo.
¿Qué tiene que ver con esto la Epifanía?, pues todo. Los Reyes Magos son los primeros peregrinos. Desde el lejano oriente emprenden un largo camino para honrar y ofrendar al Niño Dios.
La exégesis tradicional ve en la Epifanía del Señor Su manifestación a todos los pueblos, haciendo realidad las palabras de Simeón en el Templo:
“mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de todos los pueblos:
luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel” Luc 2:22,40
luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel” Luc 2:22,40
El lejano oriente y el oriente verdadero
El oriente es el punto cardinal por donde el sol se levanta, y sirve, precisamente, para orientarse.
Aún hoy la prescripción cristiana sitúa en las iglesias el altar mayor mirando hacia el Este, y en la celdas de los monjes (y en las habitaciones donde los cristianos situamos nuestra oración doméstica), el crucifijo debe estar “orientado” en ese dirección. Esto ocurre porque Jesucristo es el nuevo sol, la Luz del Mundo.
¿Cómo es entonces que los reyes magos vienen de un oriente aún más lejano?
Ellos representan la luz de la sabiduría antigua , además de su condición de paganos.
Vienen a adorar al Niño Dios: el nuevo sol que se levanta; el enclave del oriente verdadero. El lejano oriente queda de esta sencilla manera abolido para siempre, y con él la antigua sabiduría meramente humana.
El sentido de la ruta
Por otra parte, no se debe olvidar que a diferencia de otras culturas, la judío-cristiana entiende la vida como algo lineal, con un comienzo y un fin (el A y la Ω), y por lo tanto los caminos de peregrinación sirven al peregrino como medio de renovación espiritual una vez alcanzada la meta. En este caso, la meta de los primeros peregrinos era sencillamente, todo: encontrase con Dios.
¿No es acaso esencialmente el cristianismo un encuentro personal con el Señor Jesús?
Una peregrinación completa
A esta altura de la reflexión es probable que el lector -de la misma manera que me aconteció a mí mismo- ya tenga suficiente material para realizar una buena meditación acerca del peregrinar y de estos primeros peregrinos como arquetipos de aquellos otros que siguen sucediéndose a través de las edades y santuarios.
Pero la escena de la Epifanía no contempla únicamente este aspecto de Reyes Magos como peregrinos, sino que es mucho más compleja. Y como tres son los magos, tres serán los grandes momentos que nos muestra esta iconografía: peregrinaje, adoración y ofrenda.
Estos tres momentos representan una peregrinación iniciada, recorrida, alcanzada y completada en un viaje espiritual que se constituye como de mayor importancia que las acciones realizadas en el mundo físico.
Ya he comentado algo acerca del primero de estos momentos; de la peregrinación en sí misma, aunque habría mucho más para decir sobre ella.
El segundo momento de la peregrinación nos muestra a los reyes magos habiendo alcanzado el Portal de Belén (recordemos que no encontraron a Dios ni en un palacio, como el de Herodes, ni en el centro acomodado de la ciudad, sino en las afueras, en la periferia, allí donde van los que no tienen lugar en la posada) y se disponen a adorar al Niño Dios.
La adoración comenzó cuando de hinojos se postró el más anciano e importante de los tres; es de suponer que luego lo harían todos.
¡Qué momento tan tremendo para esos tres personajes!
Sin duda alguna, continuamente anticipado espiritualmente durante todo el viaje. Ensayado mentalmente, degustado, meditado, pues era a Dios a quien iban a encontrar.
Para cualquier peregrino, es esto toda una lección: ¡cuántas veces debemos anticipar este momento de adoración en la Fe, (ya que no presencialmente), constituido como condición expresa para no sucumbir en el Camino!
Pues entonces diré cuantas veces sea necesario: “Yo creo que contemplaré la bondad del Señor en la tierra de los vivientes” Sal 27
Los peregrinos modernos tenemos algo aún mayor que nos sotiene en el Camino: la Eucaristía del Señor.
El tercero de estos momentos, es el de la ofrenda. Aunque no podemos olvidar la fuerte relación con la Natividad en sí, la ofrenda también se constituye en símbolo de la divinidad de Jesucristo, siendo Él: Rey de Reyes y Señor de Señores. Apoc. 19:16
Si bien en la exégesis tradicional se le adjudica un valor simbólico a cada una de las ofrendas: oro, incienso y mirra, es posible contemplar adicionalmente otros ángulos de meditación acerca de dichas ofrendas.
En primer lugar, la transformación que opera la ofrenda; no en el ofrendado, por cuanto el mismo es Dios, (ya que Él es inmutable), sino la que experimenta el oferente.
En efecto, es en el oferente donde se opera un cambio sustancial de relación espiritual. ¡Qué fuerte resulta afirmar creyendo! Mira: te reconozco como Rey de Reyes (Oro), mi Dios y Señor (Incienso) y mi Salvador (Mirra), por medio del santo sacrificio de la cruz.
De allí se puede concluir que toda peregrinación bien hecha debe incluir una ofrenda a Dios. Nosotros, peregrinos de la actualidad, (ya que nada tenemos, excepto nuestra vida) al iniciar el Camino, deberíamos saber que si queremos caminar hacia la Luz, debemos estar dispuestos a ofrendar nuestras vidas.
En segundo término, la ofrenda de los reyes magos tuvo un sentido práctico: estos tres obsequios poseían un valor intrínseco considerable en el mundo antiguo. Es de suponer que dicho valor fue empleado por la Sagrada Familia para establecerse y sobrevivir en Egipto hasta la muerte de Herodes.
¿Acaso se podría decir de un peregrino moderno que la disposición a ofrendar su vida tiene un sentido práctico?
La respuesta es un rotundo sí, cuando se considera la ofrenda vital no sólo en la contemplación de la Divinidad, sino en la ayuda al hermano que encontramos en el Camino. Veáse por ejemplo: 1 Juan 4:20
¡Buena marcha, peregrinos!
viernes, 2 de diciembre de 2011
Los pobres en el camino del peregrino
Ya ha finalizado el año litúrgico con la gran fiesta de Cristo Rey, recordándonos una vez más, hacia donde se encuentra el fin del camino del peregrino, es decir la segunda venida de Nuestro Señor Jesucristo, Rey de Reyes y Señor de Señores.
Comenzamos el tiempo de adviento, de espera y penitencia, que culmina en Navidad con la conmemoración de la primera venida del Verbo Encarnado.
Entre el final del drama cósmico y la derrota definitiva de Satanás y todos sus ángeles, y el nacimiento de un pobre Niño en el portal de Belén, hay un hilo conductor que une ambos extremos, una constante que se repite vez tras vez en la Buena Nueva: la pobreza.
Bienaventurados los pobres de espíritu, nos dice Jesús en el Sermón de la Montaña.
En el retorno del Rey, Él dirá: ¿tuve hambre, y me diste de comer? Y separará a la humanidad a izquierda y derecha. Os aseguro que no os conozco, dirá a los avaros.
Pareciera que el Señor tiene predilección por los pobres de cualquier clase.
Los peregrinos sabemos que en el camino encontramos toda clase de pobres: aquellos faltos del alimento material, otros a quienes la Buena Nueva todavía no llegó, y aquellos pobres faltos de lo principal de cada día: la Eucaristía, por propia culpa, por ignorancia, o por imposibilidad de acceder a ella. Y a continuación, una clase especial de pobres, los predilectos a quienes Jesús sin duda llama.
Es que en realidad el Señor prefiere a los que se han despojado de todo para seguirlo, aquellos otros pobres que han elegido dejar atrás sus ataduras.
Por desgracia, hoy día en el mundo es sumamente fácil encontrar muchedumbres hambrientas de pan. Pero no es tan fácil encontrar pobres de espíritu.
La pobreza de espíritu -rara en los ricos- se está tornando también escasa en los pobres, quienes acicateados por una sociedad que les propone solamente valores materiales, viven enfermos de envidia, resentidos, o tratan de compensar sus carencias con el uso de drogas que los vuelven aún más pobres y deshumanizados. Luego, sobreabunda el pecado.
Por otra parte, (atención a la alta probabilidad de ocurrencia) -dada todas la señales, que el hombre común desecha- el mundo se encamina a un colapso económico y financiero sin precedente alguno, ya no en países periféricos de occidente, sino una catastrófe global, que tendrá lugar aún en las primeras potencias del orbe.
Mucho de lo que hoy la gente atesora no será más que papel pintado. Las muchedumbres temerosas buscarán refugio y no lo hallarán. Las circunstancias se harán propicias para que se comiencen guerras, y el poder de los príncipes que adoran a Baal se concentrará aún más.
Ante este panorama, qué debe hacer un peregrino? Su morral y sus escasas viandas no sirven para paliar el hambre de muchos, y no podemos multiplicar los panes por más pena que nos de la muchedumbre.
Es por ello que a los peregrinos nos tocará, de producirse lo pronosticado más arriba, un papel especial: buscar entre la muchedumbre de extraviados hambrientos, aquellos que en su interior hayan conservado la pobreza de espíritu; que practiquen la primera bienaventuranza, pues de ellos es el reino de los cielos.
A ellos principalmente debemos acompañarlos a la Eucaristía, al pan de Vida, para alimentarlos con el mejor antídoto contra Satanás y sus obras.
Para llevar a cabo esta tarea, debemos prepararnos especialmente en la oración diaria y la penitencia.
Nuestro Señor, que gusta de las paradojas, nos ofrece aquí una curiosa: escondido en la forma material de un pan ázimo, se esconde la levadura del Reino de Dios, que hace crecer en los corazones de los hombres que le temen, y que es invisible a los ojos de los soberbios y los incrédulos.
¡El Reino de Dios está cerca, allanad los caminos del Señor!
¡Ven, Señor Jesús!
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